En el verano del año 325, unos trescientos obispos se reunieron en una pequeña ciudad de Asia Menor, convocados y alojados por el emperador de Roma. El Concilio de Nicea es recordado sobre todo por el Credo que lleva su nombre y por la condena de Arrio. Pero allí se tomó también otra decisión, mucho menos conocida y profundamente simbólica: que los cristianos de todo el mundo celebraran la Pascua en un mismo día y sin depender del cálculo judío de Pésaj. Trescientos años después de que Jesús celebrara su última cena en el marco de la Pascua judía, la Iglesia decidía oficialmente desligar su fiesta más importante del calendario de su pueblo.
Este artículo forma parte del silo sobre la helenización del cristianismo primitivo. En el pilar mencionamos Nicea como el momento en que la reflexión sobre Jesús se formuló en el vocabulario de la filosofía griega. Aquí vamos a ver las dos caras del concilio: la doctrinal, con términos como ousía y homooúsios, y la litúrgica, con la ruptura del calendario pascual. Ambas muestran, desde ángulos distintos, hasta qué punto el cristianismo del siglo IV se había alejado del mundo de Jesús.
Lo más llamativo es el lenguaje del documento que transmitió esa decisión. En la carta que el emperador Constantino envió a las iglesias tras el concilio, conservada por Eusebio de Cesarea, se afirma que sería indigno seguir la costumbre de los judíos en la celebración de la fiesta más santa, y se insta a los cristianos a no tener nada en común con ellos. Esa carta, escrita por un emperador recién convertido, convertía en política imperial la distancia entre la Iglesia y el pueblo de Jesús.
Respuesta breve: el Concilio de Nicea (325 d.C.) fue el primer concilio ecuménico de la Iglesia, convocado por el emperador Constantino. Condenó la doctrina de Arrio y proclamó que el Hijo es «de la misma sustancia» (homooúsios) que el Padre, usando terminología filosófica griega. También estableció que la Pascua se celebrara en domingo y de manera uniforme, independiente del cálculo judío de Pésaj, poniendo fin a la práctica de las comunidades que la celebraban según el calendario judío.
Contexto: el cristianismo a comienzos del siglo IV
Para entender Nicea hay que situarse en un mundo muy diferente al de Jesús. A comienzos del siglo IV, el cristianismo era un movimiento extendido por todo el Imperio romano, organizado en comunidades urbanas dirigidas por obispos, con una cultura mayoritariamente griega en Oriente y latina en Occidente. Las comunidades de seguidores de Jesús de origen judío, como los ebionitas y nazarenos, eran ya grupos marginales considerados heréticos.
Entre los años 303 y 311, los cristianos habían sufrido la Gran Persecución de Diocleciano, la más dura de su historia. Poco después, Constantino, tras su victoria en el puente Milvio en el año 312, que atribuyó al Dios de los cristianos, cambió radicalmente la situación. En el año 313, el llamado Edicto de Milán, acordado entre Constantino y Licinio, garantizó la libertad religiosa a los cristianos. A partir de entonces, la Iglesia pasó de ser perseguida a ser protegida por el poder imperial.
Constantino veía la unidad de la Iglesia como un asunto de Estado. Por eso, cuando estallaron dos conflictos que dividían a los cristianos de Oriente, la controversia arriana y la fecha de la Pascua, decidió convocar un gran concilio en Nicea, en Bitinia, cerca de su residencia de Nicomedia. Fue el primer concilio llamado «ecuménico», es decir, de toda la tierra habitada.
La controversia arriana: ¿quién es el Hijo?
La chispa del conflicto se encendió en Alejandría hacia el año 318. Arrio, un presbítero prestigioso, enseñaba que el Hijo de Dios, el Logos, era la primera y más excelsa de las criaturas, pero criatura al fin: había existido un tiempo en que el Hijo no existía. Su obispo, Alejandro de Alejandría, apoyado por su joven diácono Atanasio, sostenía que el Hijo era eterno como el Padre.
La disputa era, en el fondo, sobre cómo entender el Logos del que habla el Evangelio de Juan, un concepto que analizamos en el artículo sobre el Logos de Juan 1:1. Pero se planteaba ya con las herramientas de la filosofía griega: ¿es el Logos de la misma naturaleza que el Dios supremo, o es una realidad intermedia, creada, como proponían algunas corrientes platónicas? La cuestión se discutía en las calles de Alejandría y se cantaba en canciones populares que Arrio compuso para difundir sus ideas.
Es importante subrayar lo lejos que estaba este debate del mundo de Jesús. Los evangelios sinópticos presentan a Jesús proclamando el Reino de Dios, enseñando la Torá con parábolas y llamando a Dios Abba. Las categorías con las que sus primeros seguidores lo entendieron —Mesías, Hijo del Hombre, profeta, siervo— eran judías y procedían de las Escrituras. En Nicea, la pregunta ya no era si Jesús era el Mesías de Israel, sino cuál era la relación ontológica entre dos realidades divinas.
El Credo de Nicea y el lenguaje de la filosofía griega
El concilio redactó una profesión de fe que afirmaba que el Hijo es «engendrado, no creado», «de la sustancia del Padre», «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero» y, sobre todo, «consustancial» al Padre, en griego homooúsios. Al Credo se añadieron anatemas contra quienes dijeran que hubo un tiempo en que el Hijo no existía o que era de otra sustancia o esencia. Arrio y dos obispos que se negaron a firmar fueron exiliados.
El término homooúsios era problemático porque no aparecía en la Biblia. Procedía del vocabulario filosófico: ousía significa «ser», «esencia» o «sustancia», un concepto central en la metafísica de Aristóteles y del platonismo. Varios obispos se resistieron a introducir en la fe un término ajeno a las Escrituras, y la controversia continuó durante más de cincuenta años, con concilios, exilios y contraconcilios, hasta el Concilio de Constantinopla del año 381, que reafirmó y completó el Credo de Nicea.
En el siglo siguiente, el Concilio de Calcedonia (451) definió que Cristo es una sola persona (hypóstasis, prósōpon) en dos naturalezas (phýsis), divina y humana, unidas «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». Términos como ousía, hypóstasis y phýsis eran un lenguaje técnico preciso, pero radicalmente diferente del arameo y del hebreo concretos en los que Jesús enseñó, como explicamos en qué idioma hablaba Jesús.
Los historiadores no plantean esto como un complot. Los obispos de Nicea pensaban en griego y necesitaban responder a preguntas formuladas en griego. Pero el resultado fue que la definición oficial de la identidad de Jesús quedó expresada en categorías que ningún judío galileo del siglo I habría reconocido.
La otra decisión de Nicea: la fecha de la Pascua
El segundo gran asunto del concilio fue la fecha de la Pascua. Para entenderlo hay que retroceder hasta los orígenes. Jesús murió durante la fiesta judía de Pésaj, y los evangelios sitúan su última cena en ese contexto pascual, como explicamos en la Última Cena y el séder de Pésaj. Pablo llama a Jesús «nuestra Pascua» (1 Corintios 5:7). Los primeros seguidores de Jesús, judíos, celebraban su muerte y resurrección en el marco de Pésaj, que cae el 14 del mes de Nisán según el calendario judío lunisolar descrito en el calendario judío en tiempos de Jesús.
Con el tiempo surgieron dos prácticas. Las iglesias de la provincia romana de Asia, en la actual Turquía, celebraban la Pascua el 14 de Nisán, el mismo día que los judíos, cayera en el día de la semana que cayera. Se les llamó «cuartodecimanos», de la palabra latina para «decimocuarto». Decían seguir la tradición del apóstol Juan. Otras iglesias, entre ellas la de Roma, celebraban la Pascua siempre en domingo, el día de la resurrección, el domingo siguiente al 14 de Nisán.
La controversia cuartodecimana: Policarpo, Víctor y Polícrates
La diferencia ya generó tensiones en el siglo II. Hacia el año 155, el obispo Policarpo de Esmirna, discípulo según la tradición del apóstol Juan, visitó Roma y discutió la cuestión con el obispo Aniceto. No llegaron a un acuerdo, pero se separaron en paz y cada uno mantuvo su costumbre (Eusebio, Historia eclesiástica 5.24).
Hacia el año 190, el obispo Víctor de Roma adoptó una postura más dura y amenazó con excluir de la comunión a las iglesias de Asia si no abandonaban el 14 de Nisán. Polícrates, obispo de Éfeso, respondió con una carta en la que enumeraba a las grandes figuras de su tradición —el apóstol Felipe, Juan, Policarpo, Melitón de Sardes— que habían celebrado siempre la Pascua el decimocuarto día «según el Evangelio». Ireneo de Lyon intervino para pedir moderación a Víctor, recordándole que sus predecesores habían mantenido la paz con los cuartodecimanos.
Es significativo que Melitón de Sardes, uno de esos obispos cuartodecimanos, escribiera hacia el año 160-170 la homilía Sobre la Pascua, que contiene una de las primeras acusaciones explícitas contra Israel por la muerte de Jesús, presentada como la muerte de Dios. Que el autor de ese texto siguiera el calendario judío muestra que la cercanía litúrgica no siempre implicaba cercanía teológica, y que la polémica contra el judaísmo se desarrollaba incluso en las comunidades más próximas a él. Analizamos esa evolución en el artículo sobre la teología del reemplazo.
Qué decidió Nicea sobre la Pascua
Los veinte cánones de Nicea que conservamos no contienen una norma sobre la fecha de la Pascua. La decisión la conocemos por dos documentos: la carta sinodal del concilio a la iglesia de Alejandría y la carta de Constantino a las iglesias, que Eusebio incluye en su Vida de Constantino (3.17-20). De ellos se deduce que el concilio estableció que todos los cristianos celebraran la Pascua el mismo día, en domingo, siguiendo la práctica de Roma y Alejandría, y sin depender de la fecha que los judíos fijaban para Pésaj.
Había además una cuestión técnica. En algunas regiones, sobre todo en Siria y Mesopotamia, los cristianos consultaban a las comunidades judías locales para saber cuándo caía Nisán. Como el calendario judío dependía entonces de la observación de la luna y de la decisión de intercalar un mes adicional, la fecha podía variar y caer antes del equinoccio de primavera. Nicea quiso que los cristianos calcularan la fecha por su cuenta. Con el tiempo, la Iglesia de Alejandría, famosa por sus astrónomos, se encargó de esos cálculos, que se fijaron en tablas. La regla que hoy conocemos —el domingo siguiente a la primera luna llena después del equinoccio de primavera— se consolidó en los siglos posteriores, en gran parte gracias a las tablas del monje Dionisio el Exiguo en el año 525.
La carta de Constantino: el lenguaje de la separación
Lo que convierte esta decisión en un momento clave para nuestro tema es el tono de la carta de Constantino. El emperador presenta como indigno que los cristianos sigan la costumbre de los judíos en la fiesta más sagrada, califica a los judíos con expresiones muy hostiles y afirma que los cristianos no deben tener nada en común con ellos. Argumenta además que sería absurdo que los judíos pudieran presumir de que los cristianos no sabrían celebrar la Pascua sin su ayuda.
Es decir: la razón para desligar la Pascua cristiana de Pésaj no era solo práctica o astronómica, sino identitaria. Se trataba de marcar la diferencia, de afirmar que la Iglesia ya no dependía en nada del pueblo judío. Que esa carta saliera de la cancillería imperial le daba una fuerza nueva. La separación entre judaísmo y cristianismo, que durante tres siglos había sido un proceso desigual entre comunidades, empezaba a ser política del Imperio, como explicamos en el artículo sobre la separación entre judaísmo y cristianismo.
Pocos años después, en el año 341, el Concilio de Antioquía decretó en su primer canon la exclusión de la comunión de quienes celebraran la Pascua con los judíos, contra lo establecido en Nicea. La continuidad litúrgica con Pésaj, que había sido la práctica de los primeros seguidores de Jesús, se convirtió oficialmente en una falta.
Las consecuencias: dos fiestas que se alejan
Desde entonces, la Pascua cristiana y el Pésaj judío siguieron caminos separados, aunque ambos dependen de la luna de primavera y a menudo coinciden en fechas cercanas. Muchos cristianos actuales ignoran que la palabra «Pascua» procede precisamente del hebreo Pésaj, a través del arameo y del griego Páscha, y que la fiesta más importante de su calendario nació como una relectura de la fiesta judía de la liberación de Egipto.
Esa misma desconexión afectó a otras fiestas. Pentecostés, que en su origen era Shavuot, la fiesta judía de las semanas y de la entrega de la Torá, pasó a celebrarse como fiesta del Espíritu Santo sin referencia a su raíz, como explicamos en el origen judío de Pentecostés. Y el Shabat, el día de descanso que Jesús guardó, fue sustituido como día principal por el domingo, un proceso que también recibió impulso imperial con Constantino y que analizamos en el artículo sobre el paso del sábado al domingo.
El conjunto de las fiestas judías que marcaron la vida de Jesús quedó así fuera del calendario cristiano, que construyó su propio ciclo litúrgico. Para un cristiano del siglo V, celebrar Pésaj, Sucot o Yom Kipur como lo había hecho Jesús se había convertido en un signo de herejía.
Mitos frecuentes sobre el Concilio de Nicea
Pocos acontecimientos de la historia de la Iglesia han generado tantas leyendas como Nicea. Conviene separarlas de lo que dicen las fuentes, porque algunas de ellas distorsionan precisamente la relación entre el concilio y el judaísmo.
El mito más extendido es que en Nicea se decidió qué libros formaban parte de la Biblia. No es cierto: ni el Credo, ni los cánones, ni las cartas conservadas del concilio tratan esa cuestión. Tampoco es cierto que Constantino «inventara» la divinidad de Jesús en Nicea; el debate entre Arrio y Alejandro presuponía ya que el Hijo tenía una condición divina, y lo que se discutía era su relación exacta con el Padre. Otro mito sostiene que en Nicea se votó por estrecho margen; en realidad, la inmensa mayoría de los obispos firmó el Credo, aunque muchos lo interpretaron de formas distintas y la controversia continuó después.
Lo que sí es histórico, y suele pasarse por alto, es el papel del emperador. Constantino convocó el concilio, lo financió, asistió a sus sesiones y difundió sus decisiones con su autoridad. Esa intervención del poder político en la definición de la fe y del calendario es una novedad de enorme alcance: por primera vez, las fronteras entre la Iglesia y el judaísmo se trazaban con el respaldo del Estado.
¿Fue Nicea una ruptura total con el judaísmo?
Conviene matizar. El cristianismo niceno conservó las Escrituras judías como Antiguo Testamento, frente a la posición de Marción, que las había rechazado en el siglo II. El Credo afirma la fe en un solo Dios, creador del cielo y de la tierra, heredando el monoteísmo de Israel. Y la Pascua cristiana siguió dependiendo de la luna de Nisán, aunque calculada de forma propia.
Además, la práctica popular tardó en adaptarse. A finales del siglo IV, Juan Crisóstomo se quejaba en Antioquía de que muchos cristianos acudían a las sinagogas, celebraban las fiestas judías y ayunaban con los judíos. Las fronteras que Nicea quiso trazar no se impusieron de inmediato en la vida de las comunidades. Pero el concilio marcó un cambio de época: a partir de ahí, la Iglesia se definió de forma institucional y doctrinal en términos ajenos al judaísmo, con el respaldo del poder imperial.
Nicea y la memoria del Jesús judío
Si unimos las dos decisiones de Nicea, la doctrinal y la litúrgica, vemos con claridad el proceso que estudiamos en este silo. Por un lado, la identidad de Jesús se define con conceptos de la filosofía griega, alejados de las categorías judías de Mesías, profeta y maestro de la Torá. Por otro, la celebración de su muerte y resurrección se separa deliberadamente del calendario judío en el que tuvieron lugar.
El resultado es una imagen de Jesús desligada de su contexto: un Cristo definido por su sustancia divina, celebrado según un calendario propio, cuya pertenencia al pueblo judío pasa a ser un dato secundario. Esta es la imagen que se transmitió durante siglos y que solo la investigación histórica moderna ha empezado a corregir, recuperando al Jesús maestro judío de la Torá y al Mesías que celebró la Pascua con sus discípulos en Jerusalén.
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Preguntas frecuentes sobre el Concilio de Nicea
¿Qué se decidió en el Concilio de Nicea?
El Concilio de Nicea (325) condenó las enseñanzas de Arrio y proclamó que el Hijo es «consustancial» (homooúsios) al Padre. También estableció que la Pascua se celebrara en domingo de forma unificada e independiente del cálculo judío, y aprobó veinte cánones disciplinarios.
¿Quién convocó el Concilio de Nicea?
El emperador Constantino, que quería resolver las divisiones entre los cristianos de Oriente. Asistieron entre 250 y 300 obispos, según las fuentes; la tradición posterior fijó la cifra simbólica de 318.
¿En Nicea se decidió qué libros forman la Biblia?
No. Es un mito muy extendido. El Concilio de Nicea no trató el canon bíblico. La lista de libros del Nuevo Testamento se fue consolidando a lo largo de los siglos II al IV por otras vías.
¿Por qué la Pascua cristiana no coincide con Pésaj?
Porque desde Nicea la Iglesia calcula la fecha de forma propia y la fija en domingo, mientras que Pésaj cae el 14 de Nisán del calendario judío, en cualquier día de la semana. Ambas fiestas dependen de la luna de primavera, por eso suelen caer en fechas cercanas.
¿Qué eran los cuartodecimanos?
Cristianos, sobre todo de Asia Menor, que celebraban la Pascua el 14 de Nisán, el mismo día que el Pésaj judío, siguiendo una tradición que atribuían al apóstol Juan. Su práctica fue rechazada en Nicea y condenada en concilios posteriores.
Conclusión: el concilio que cambió el calendario de Jesús
El Concilio de Nicea es recordado como el momento en que la Iglesia definió su fe en Cristo. Pero es también el momento en que, con el respaldo de un emperador, la Iglesia decidió que su fiesta más importante dejara de depender del calendario judío y expresó la identidad de Jesús en el lenguaje de la filosofía griega. Ninguna de las dos decisiones pretendía borrar la memoria del Jesús judío, pero ambas contribuyeron a que esa memoria se desvaneciera. Recordar que la Pascua nació como Pésaj es recordar que Jesús murió como un judío que celebraba la fiesta de la libertad de su pueblo.
Te sugerimos continuar con el origen de la teología del reemplazo y volver después al pilar sobre la helenización del cristianismo.
Fuentes y lecturas
- Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino, 3.6-20; Historia eclesiástica, 5.23-25.
- Credo y cánones del Concilio de Nicea (325).
- Concilio de Antioquía (341), canon 1.
- Melitón de Sardes, Sobre la Pascua.
- Richard E. Rubenstein, Cuando Jesús se convirtió en Dios.
- Lewis Ayres, Nicaea and Its Legacy.