Durante más de trescientos años existieron comunidades que creían en Jesús como Mesías, rezaban mirando hacia Jerusalén, circuncidaban a sus hijos, guardaban el Shabat y celebraban Pésaj. No eran una curiosidad marginal surgida de la nada: eran los herederos directos de la primera comunidad de Jerusalén. Los autores cristianos los llamaron ebionitas y nazarenos, y terminaron declarándolos herejes. Los rabinos, por su parte, los consideraron minim, sectarios. Su historia es la de un pueblo que se quedó sin lugar entre la Iglesia y la sinagoga.
Este artículo forma parte del silo sobre la helenización del cristianismo primitivo, y quizá sea el capítulo más revelador de todos. Porque si la pregunta es cómo Jesús dejó de ser judío en la memoria cristiana, los judeocristianos son la prueba viva de que hubo seguidores de Jesús que nunca lo dejaron de recordar como judío, y que la Iglesia mayoritaria acabó excluyéndolos precisamente por eso.
La paradoja es asombrosa: el nombre «ebionitas» viene del hebreo evyonim, «los pobres». Y «los pobres» era exactamente la expresión con la que Pablo se refería a la comunidad de Jerusalén cuando organizaba colectas para ella (Gálatas 2:10; Romanos 15:26). Aquellos a quienes Pablo enviaba dinero como a la iglesia madre se convirtieron, un siglo después, en una herejía en los catálogos de los Padres de la Iglesia.
Respuesta breve: los ebionitas y los nazarenos fueron grupos de judeocristianos, es decir, seguidores de Jesús de origen judío que siguieron observando la Torá durante los siglos II al V. Vivían principalmente en Siria, Transjordania y Palestina. Los ebionitas, según Ireneo de Lyon, usaban solo el Evangelio de Mateo, rechazaban a Pablo y practicaban la circuncisión. Los nazarenos aceptaban creencias más cercanas a la Iglesia mayoritaria pero mantenían la Ley. Ambos fueron considerados herejes por los cristianos gentiles y marginados por el judaísmo rabínico.
¿Qué es un judeocristiano?
El término «judeocristiano» no es antiguo; lo usan los historiadores modernos para designar a los seguidores de Jesús de origen judío, o a los grupos que, siendo de origen mixto, mantenían la práctica de la Torá. Es un término imperfecto, porque proyecta hacia atrás dos categorías, «judío» y «cristiano», que en el siglo I todavía no estaban separadas. Por eso algunos especialistas prefieren hablar de «judíos seguidores de Jesús».
En los primeros años, como vimos en el artículo sobre los primeros cristianos y «el Camino», todos los seguidores de Jesús eran judíos. El término solo empieza a tener sentido cuando aparece, a su lado, una Iglesia mayoritariamente gentil que ya no observa la Torá. A partir de ese momento, los grupos que seguían viviendo como judíos se convirtieron en una minoría dentro del movimiento, y después en un grupo sospechoso para ambos lados.
Esos grupos no eran homogéneos. Las fuentes antiguas mencionan varios nombres —ebionitas, nazarenos, elcasaítas, simonianos, cerintianos— y no siempre está claro si designan comunidades reales o categorías creadas por los autores de catálogos de herejías. Lo que sí es claro es que, en Siria, Transjordania y algunas zonas de Palestina, existieron durante siglos comunidades que combinaban la fe en Jesús con la observancia de la Ley.
Los herederos de la comunidad de Jerusalén
La comunidad de Jerusalén, dirigida por Santiago, el hermano de Jesús, hasta el año 62, era una comunidad judía de lengua aramea y fiel a la Torá. Tras la muerte de Santiago, la guerra contra Roma y la destrucción del Templo en el año 70, sus miembros se dispersaron. La tradición recogida por Eusebio dice que huyeron a Pela, en la Decápolis, al este del Jordán. Precisamente en esa región, en Transjordania y en la zona de Kokhaba y Pela, sitúa Epifanio en el siglo IV a los nazarenos y ebionitas.
Eusebio también afirma que los quince primeros obispos de Jerusalén, hasta la revuelta de Bar Kojba (132-135), fueron «de la circuncisión». Tras la refundación de la ciudad como Aelia Capitolina, la iglesia local pasó a manos de gentiles. A partir de ese momento, la rama judía del movimiento perdió definitivamente su centro, y sus comunidades quedaron en la periferia de las dos grandes tradiciones que se estaban formando.
Los historiadores debaten hasta qué punto los ebionitas y nazarenos descienden directamente de la comunidad de Santiago. Es probable que hubiera continuidad en algunos aspectos, como la observancia de la Ley, el uso de un evangelio en hebreo o arameo y el respeto especial a Santiago, aunque también evoluciones propias en los siglos posteriores.
Los ebionitas: lo que dicen las fuentes
La primera descripción de los ebionitas la ofrece Ireneo de Lyon hacia el año 180, en su obra Contra las herejías (1.26.2). Según Ireneo, los ebionitas:
- Usaban únicamente el Evangelio según Mateo.
- Rechazaban al apóstol Pablo, al que consideraban un apóstata de la Ley.
- Practicaban la circuncisión y vivían según las costumbres prescritas por la Ley.
- Seguían un modo de vida judío y adoraban a Jerusalén «como si fuera la casa de Dios», lo que probablemente indica que oraban orientados hacia la ciudad.
- Consideraban que Jesús era hijo natural de José y María.
Orígenes, en el siglo III, distingue dos grupos de ebionitas: unos que aceptaban el nacimiento virginal de Jesús y otros que lo negaban, aunque ambos rechazaban las cartas de Pablo y observaban la Ley (Contra Celso 5.61). Eusebio, en su Historia eclesiástica (3.27), recoge esa misma distinción y añade que guardaban el Shabat y otras costumbres judías, pero que también celebraban el «día del Señor», el domingo, en memoria de la resurrección. Explicamos esa coexistencia de ambos días en el artículo sobre cómo se pasó del sábado al domingo.
Eusebio también afirma, de forma poco amable, que el nombre «ebionitas» hacía referencia a la «pobreza» de su concepción sobre Cristo. Era un juego de palabras polémico. Otros autores inventaron incluso un fundador llamado «Ebión», que probablemente nunca existió. La explicación más plausible es que el nombre derivaba de evyonim, «los pobres», un título de honor en la piedad judía, presente en los Salmos y en los textos de Qumrán, y quizá usado por la propia comunidad de Jerusalén.
Los nazarenos: judíos fieles a la Ley y a Jesús
Los nazarenos (Nazōraioi) aparecen con este nombre en Epifanio de Salamina, que les dedica un capítulo de su catálogo de herejías, el Panarion (29), escrito hacia el año 375. Según Epifanio, los nazarenos eran «judíos en todo»: observaban la circuncisión, el Shabat y las demás prácticas de la Ley, conocían bien el hebreo y leían el Antiguo Testamento en esa lengua. Pero, a diferencia de los ebionitas, reconocían a Jesús como Hijo de Dios y aceptaban buena parte de las creencias de la Iglesia mayoritaria. Epifanio los localiza en Berea de Siria (la actual Alepo), en la Decápolis y en Kokhaba.
Recordemos que «nazarenos» era el nombre que los de fuera daban a todo el movimiento de Jesús en sus inicios: Tértulo acusa a Pablo de ser «cabecilla de la secta de los nazarenos» (Hechos 24:5). Es decir, los nazarenos del siglo IV conservaban el nombre más antiguo del movimiento, el mismo que todavía hoy designa a los cristianos en hebreo (notzrim) y en árabe (nasara).
Jerónimo, que vivió muchos años en Belén y aprendió hebreo con maestros judíos, conoció directamente a nazarenos y copió, según afirma, un evangelio en lengua hebrea que usaban. En una carta a Agustín de Hipona (Epístola 112), escrita hacia el 404, describe a los nazarenos como un grupo extendido por las sinagogas de Oriente y resume su situación con una frase lapidaria: al querer ser a la vez judíos y cristianos, no son ni lo uno ni lo otro. Esa frase resume como pocas la tragedia de los judeocristianos en la Antigüedad tardía.
Los evangelios judeocristianos: textos perdidos
Los Padres de la Iglesia mencionan varios evangelios utilizados por estos grupos, de los que solo conservamos fragmentos citados por sus adversarios. Los especialistas suelen distinguir tres:
- El Evangelio de los Hebreos, citado por Clemente de Alejandría, Orígenes y Jerónimo, que incluía, por ejemplo, una aparición de Jesús resucitado a Santiago.
- El Evangelio de los Nazarenos, probablemente una versión aramea o hebrea relacionada con Mateo, que Jerónimo dice haber visto.
- El Evangelio de los Ebionitas, citado por Epifanio, una armonía de los evangelios sinópticos en griego.
La clasificación exacta es discutida, porque los autores antiguos no siempre distinguían bien entre estos textos. Pero su existencia es significativa: confirma la tradición, recogida por Papías de Hierápolis en el siglo II, de que Mateo «ordenó los dichos en lengua hebrea». Esa tradición, aunque difícil de interpretar, apunta a una transmisión temprana de la enseñanza de Jesús en el ámbito lingüístico semítico que describimos en qué idioma hablaba Jesús y en las palabras arameas del Nuevo Testamento.
Las Pseudoclementinas y los elcasaítas
Además de los fragmentos de evangelios, se conservan dos obras extensas, las llamadas Homilías y Reconocimientos pseudoclementinos, novelas cristianas de los siglos III y IV atribuidas falsamente a Clemente de Roma. Muchos especialistas creen que incorporan materiales de origen judeocristiano. En ellas, Pedro y Santiago aparecen como las grandes autoridades, la Ley de Moisés y la enseñanza de Jesús se presentan como dos caminos de salvación coherentes, y hay alusiones hostiles a un «hombre enemigo» que muchos lectores identifican con Pablo.
Las fuentes mencionan también a los elcasaítas, un grupo surgido en la zona de Transjordania y Mesopotamia a comienzos del siglo II, que combinaba la observancia de la Ley con baños rituales repetidos y una revelación atribuida a un tal Elxai. Algunos historiadores relacionan su ambiente con el de los ebionitas tardíos. Curiosamente, en una comunidad bautista de esa misma tradición, en el sur de Mesopotamia, se crió en el siglo III Mani, el fundador del maniqueísmo.
Un traductor ebionita de la Biblia: Símaco
Un dato poco conocido muestra que los ebionitas no eran solo una secta aislada sin cultura. Eusebio afirma que Símaco, autor de una de las traducciones griegas del Antiguo Testamento más apreciadas en la Antigüedad, era ebionita (Historia eclesiástica 6.17). Su traducción, hecha probablemente a finales del siglo II, se caracterizaba por un griego elegante y fiel al texto hebreo. Orígenes la incluyó en su gran edición comparativa de la Biblia, las Hexaplas, y Jerónimo la utilizó para su versión latina.
Es decir: la Iglesia mayoritaria que consideraba herejes a los ebionitas utilizó a uno de ellos para entender mejor la Biblia hebrea. Este detalle ilustra la frontera porosa entre los grupos que describimos en el artículo sobre la separación entre judaísmo y cristianismo.
Un problema de fuentes: conocerlos a través de sus adversarios
Antes de sacar conclusiones, hay que recordar una limitación importante. Casi todo lo que sabemos de ebionitas y nazarenos procede de autores que los consideraban herejes: Ireneo, Orígenes, Eusebio, Epifanio y Jerónimo. Ninguna de estas comunidades nos ha dejado una obra completa en la que explique sus creencias con sus propias palabras. Es como intentar reconstruir un partido político solo a partir de los discursos de sus rivales.
Los autores de catálogos de herejías tenían además una tendencia clara a ordenar y simplificar. Epifanio, por ejemplo, es conocido por su afán clasificatorio y por atribuir a los grupos que describe rasgos tomados de otros, a veces sin distinguir bien entre testimonios directos y rumores. Por eso los historiadores actuales leen estas fuentes con cautela: no todo lo que se dice de los ebionitas en el siglo IV tiene por qué valer para los del siglo II, y es posible que el mismo nombre designara realidades distintas según la época y la región.
Esta prudencia no anula lo esencial. Todas las fuentes coinciden en que existieron, durante varios siglos, seguidores de Jesús que observaban la Torá, conservaban tradiciones en lengua semítica y veneraban a Santiago. Lo que resulta más difícil es reconstruir con detalle su teología, su organización interna y su relación exacta con la primera comunidad de Jerusalén.
Por qué la Iglesia gentil los rechazó
A medida que la Iglesia de las ciudades griegas y latinas se consolidaba, fue definiendo una ortodoxia doctrinal y práctica. Dos elementos chocaban frontalmente con los judeocristianos.
El primero era la Ley. Desde el siglo II, como explicamos en el artículo sobre la teología del reemplazo, numerosos autores cristianos presentaban la Torá como algo superado o incluso como un castigo para los judíos. Ignacio de Antioquía, hacia el 110, ya escribía que es absurdo hablar de Jesucristo y «judaizar». Para esa mentalidad, un seguidor de Jesús que guardaba el Shabat o circuncidaba a sus hijos era una contradicción.
El segundo era la cristología. A medida que la reflexión cristiana se desarrollaba en categorías griegas, como mostramos en el artículo sobre el Logos de Juan 1:1, la idea de algunos ebionitas de que Jesús era un hombre elegido por Dios, profeta y Mesías, pero hijo natural de José, se consideró insuficiente. Lo irónico es que esa forma de entender a Jesús, como Mesías humano y profeta de Israel, estaba más cerca del lenguaje de los primeros discípulos que de las definiciones de Nicea y Calcedonia.
Hay que añadir el rechazo a Pablo. Los ebionitas lo veían como el responsable de abrir el movimiento sin exigir la Ley, lo que en su opinión había deformado el mensaje de Jesús. Para la Iglesia gentil, que leía sus cartas como Escritura, ese rechazo era inaceptable. Analizamos en otro artículo la visión actual de Pablo de Tarso como fariseo, que matiza mucho esa oposición.
Por qué el judaísmo rabínico los excluyó
Los judeocristianos tampoco encontraron lugar en el judaísmo que se reorganizaba tras el 70 alrededor de los sabios de Yavne. La literatura rabínica menciona a los minim, término genérico para «sectarios» o «herejes», que en algunos pasajes parece referirse a judíos seguidores de Jesús. La Tosefta (Julín 2:22-24) cuenta, por ejemplo, la historia de Rabí Eleazar ben Damá, mordido por una serpiente, que quiso ser curado en nombre de Jesús por un tal Jacob de Kefar Sama; su tío Rabí Ismael se lo impidió, y el enfermo murió.
La birkat ha-minim, la bendición contra los herejes incorporada a la oración diaria según la tradición en tiempos de Gamaliel II, tuvo probablemente un papel en esta exclusión. Algunas versiones medievales encontradas en la Guenizá de El Cairo incluyen junto a los minim a los notzrim, nazarenos. Los historiadores discuten si esa mención es antigua o un añadido posterior, pero, en la época de Jerónimo y Epifanio, los autores cristianos afirmaban que en las sinagogas se maldecía a los nazarenos tres veces al día. Atrapados entre dos frentes, los judeocristianos perdieron espacio en ambos.
La desaparición de los judeocristianos
Tras la oficialización del cristianismo en el Imperio romano en el siglo IV, la legislación imperial reforzó las fronteras entre cristianos y judíos. Los concilios condenaban a los cristianos que «judaizaban», y el Código Teodosiano (438) recogía leyes que separaban jurídicamente ambas comunidades. En ese contexto, un grupo que pretendía ser ambas cosas a la vez no tenía futuro institucional.
Las referencias a nazarenos y ebionitas se vuelven escasas a partir del siglo V. Algunos historiadores han planteado que restos de estas comunidades sobrevivieron en Arabia y Siria hasta el siglo VII, e incluso que sus ideas pudieron llegar a ambientes en los que surgió el islam, que presenta a Jesús como un profeta humano y llama a los cristianos nasara. Es una hipótesis sugerente pero muy debatida, y no hay pruebas concluyentes que permitan afirmarla con seguridad.
Lo que los ebionitas nos enseñan sobre el Jesús histórico
Los judeocristianos son importantes para el historiador por una razón sencilla: muestran que la imagen de Jesús como judío observante no es una invención moderna. Durante siglos hubo comunidades que lo recordaban así, que conservaban sus palabras en una lengua semítica, que guardaban el Shabat como él lo guardó y que celebraban las fiestas que él celebró, como Pésaj y Sucot, que describimos en las fiestas judías en la vida de Jesús.
Esto no significa que las creencias de los ebionitas reproduzcan sin más las del Jesús histórico; también ellos interpretaron su figura desde sus propias circunstancias. Pero sí muestran que la desjudaización de Jesús fue un proceso histórico concreto, impulsado por comunidades gentiles, y no algo inevitable o presente desde el principio. Su marginación es una de las piezas centrales del proceso que estudiamos en el pilar sobre la helenización del cristianismo.
Para leer más sobre la matriz judía de la fe en Jesús
Si la historia de los ebionitas y nazarenos te ha despertado preguntas sobre cómo entendían a Jesús sus primeros seguidores judíos, te sugerimos leer El judaísmo de Jesús del investigador Mario Sabán. El libro explora las raíces judías de la enseñanza de Jesús, el mismo patrimonio que los judeocristianos intentaron conservar durante siglos frente a la presión de ambos lados.
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Preguntas frecuentes sobre ebionitas y nazarenos
¿Quiénes eran los ebionitas?
Eran un grupo de seguidores de Jesús de origen judío, activo entre los siglos II y IV, que observaba la Torá, practicaba la circuncisión, usaba un evangelio relacionado con Mateo y rechazaba las cartas de Pablo. Muchos de ellos consideraban a Jesús un hombre elegido por Dios como Mesías.
¿Qué significa la palabra «ebionita»?
Procede del hebreo evyonim, «los pobres», un título de humildad y piedad en la tradición bíblica, que Pablo usa también para referirse a la comunidad de Jerusalén.
¿En qué se diferenciaban los nazarenos de los ebionitas?
Según Epifanio y Jerónimo, los nazarenos observaban la Ley igual que los ebionitas, pero aceptaban creencias más cercanas a la Iglesia mayoritaria, como el nacimiento virginal y la filiación divina de Jesús, y no rechazaban a Pablo de forma tan tajante.
¿Por qué fueron considerados herejes?
Para la Iglesia gentil, su observancia de la Ley y su cristología se apartaban de la ortodoxia que se estaba definiendo. Para el judaísmo rabínico, su fe en Jesús los convertía en minim, sectarios. Quedaron excluidos por ambos lados.
¿Existen hoy ebionitas?
Las comunidades antiguas desaparecieron hacia el siglo V, aunque es posible que algunos restos sobrevivieran más tiempo en zonas periféricas. Algunos grupos modernos han adoptado ese nombre, pero no tienen continuidad histórica con los ebionitas antiguos.
Conclusión: los guardianes olvidados de un Jesús judío
Los ebionitas y los nazarenos fueron los últimos guardianes de una memoria de Jesús anclada en la Torá, el hebreo y la tierra de Israel. Herederos, en mayor o menor medida, de la comunidad de Santiago en Jerusalén, sobrevivieron durante siglos en la frontera entre dos religiones que se estaban definiendo y que, al hacerlo, los dejaron fuera. Su historia nos recuerda que la separación entre judaísmo y cristianismo no fue un hecho natural, sino un proceso con víctimas, y que en el origen del movimiento de Jesús estaba precisamente lo que ellos se negaron a abandonar.
Continúa con el artículo sobre la separación entre judaísmo y cristianismo o vuelve al pilar sobre cómo Jesús dejó de ser judío en la memoria cristiana.
Fuentes y lecturas
- Ireneo de Lyon, Contra las herejías, 1.26.2.
- Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, 3.27 y 6.17.
- Epifanio de Salamina, Panarion, 29-30.
- Jerónimo, Epístola 112 a Agustín.
- Oskar Skarsaune y Reidar Hvalvik (eds.), Jewish Believers in Jesus: The Early Centuries.
- Petri Luomanen, Recovering Jewish-Christian Sects and Gospels.