Si hubieras entrado en el Templo de Jerusalén hacia el año 35 d.C. y te hubieras cruzado con Pedro, con Juan o con Santiago, no habrías visto a los fundadores de una religión nueva. Habrías visto a judíos galileos subiendo a la oración de la hora novena, con sus flecos rituales en el manto, guardando el Shabat y celebrando Pésaj como todos los demás. Los primeros cristianos no se llamaban a sí mismos cristianos: se llamaban «el Camino», y para ellos seguir a Jesús era una forma de ser judíos, no una manera de dejar de serlo.
Esta es una de las ideas más importantes del pilar sobre cómo Jesús dejó de ser judío en la memoria cristiana: antes de hablar de helenización, de concilios o de separación, hay que mirar el punto de partida. Y el punto de partida es una comunidad judía de Jerusalén que esperaba el regreso inminente de su Mesías y que no imaginaba ningún futuro fuera de Israel.
Lo más sorprendente es esto: el primer gran conflicto del movimiento de Jesús no fue sobre si había que seguir siendo judío, sino sobre si los no judíos podían unirse sin convertirse primero al judaísmo. Durante veinte años, la pregunta que dividía a la comunidad era exactamente la contraria de la que hoy imaginamos. Nadie discutía si Pedro debía guardar la Torá; se discutía si un griego de Antioquía tenía que circuncidarse para sentarse a la mesa con él.
Respuesta breve: los primeros cristianos fueron judíos de Galilea y Judea que creyeron que Jesús era el Mesías de Israel. Se reunían en Jerusalén, frecuentaban el Templo, observaban la Torá y se llamaban «el Camino» (Hechos 9:2). El nombre «cristianos» surgió más tarde en Antioquía (Hechos 11:26), y el debate central de las primeras décadas fue cómo incluir a los gentiles, resuelto provisionalmente en el Concilio de Jerusalén hacia el año 48-49 d.C. (Hechos 15).
Quiénes eran los primeros cristianos: judíos que seguían a un Mesías judío
Los discípulos que rodearon a Jesús en vida eran judíos: pescadores de Cafarnaúm y Betsaida, un recaudador de impuestos, un antiguo zelote y varias mujeres galileas que lo acompañaron hasta Jerusalén. Sus nombres originales, que analizamos en el artículo sobre los nombres de los apóstoles en hebreo, eran nombres judíos corrientes: Shimón, Yaakov, Yojanán, Mattityahu. El propio número de doce apóstoles evocaba las doce tribus de Israel, una señal clara de que el grupo se entendía como el núcleo de un Israel renovado, no como una alternativa a Israel.
Tras la crucifixión, ese grupo no se disolvió ni abandonó Jerusalén. Al contrario: se instaló en la capital, el lugar donde, según la esperanza judía, se manifestaría la redención mesiánica. Los primeros capítulos de Hechos describen una comunidad que crece entre judíos de Jerusalén y judíos de la diáspora llegados para las fiestas. El relato de la venida del Espíritu se sitúa precisamente en Shavuot, la fiesta de las semanas, cincuenta días después de Pésaj, como explicamos en el origen judío de Pentecostés.
Los oyentes del discurso de Pedro en ese Shavuot eran, según Hechos 2, «judíos piadosos de todas las naciones» y prosélitos, es decir, conversos al judaísmo. No había todavía gentiles en el grupo. Las primeras miles de personas que se unieron al movimiento eran, todas ellas, judías.
«El Camino»: el nombre que eligieron para sí mismos
El libro de Hechos utiliza varias veces la expresión «el Camino» (en griego hē hodós) para referirse al movimiento: Pablo pide cartas para arrestar a «los que eran del Camino» (Hechos 9:2), en Éfeso algunos «hablaban mal del Camino» (19:9) y se produjo «un alboroto no pequeño acerca del Camino» (19:23). Ante el gobernador Félix, Pablo declara que adora al Dios de sus padres «según el Camino que ellos llaman secta» (24:14).
La palabra no es casual. En la tradición bíblica, «camino» es una forma de hablar de la conducta conforme a la voluntad de Dios: «camino del Señor», «andar en sus caminos». De ahí procede también el término halajá, la ley práctica judía, derivado del verbo hebreo halaj, «andar». La comunidad de Qumrán usaba un lenguaje muy parecido: la Regla de la Comunidad aplica a sí misma el versículo de Isaías 40:3, «preparad en el desierto el camino del Señor». Llamarse «el Camino» era, por tanto, situarse dentro del vocabulario religioso judío, como un grupo que pretendía vivir la forma correcta de obedecer a Dios. Ampliamos este concepto en Jesús y la halajá.
Los de fuera los llamaban de otra manera. En Hechos 24:5, el abogado Tértulo acusa a Pablo de ser «cabecilla de la secta de los nazarenos». El término griego que traducimos por «secta», haíresis, es el mismo que Josefo usa para hablar de fariseos, saduceos y esenios. En otras palabras: para un observador de la época, los seguidores de Jesús eran una corriente más dentro del judaísmo, comparable a las que describimos en fariseos, saduceos y esenios. El nombre «nazarenos» (notzrim en hebreo) es, de hecho, el que todavía hoy se usa en hebreo moderno para designar a los cristianos.
Cómo vivía la comunidad de Jerusalén: Templo, oración y mesa compartida
Hechos ofrece un retrato idealizado, pero revelador, de la vida de la primera comunidad: «perseveraban unánimes cada día en el Templo y, partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría» (Hechos 2:46). Pedro y Juan suben al Templo «a la hora de la oración, la novena» (3:1), es decir, la hora del sacrificio de la tarde. La comunidad se reúne en el pórtico de Salomón, uno de los grandes pórticos de la explanada del Templo (5:12).
Nada de esto indica ruptura con el culto judío. La comunidad participa en la oración del Templo, mantiene el calendario y comparte bienes, una práctica que recuerda a la de los esenios. La «fracción del pan» en las casas tiene raíces en la comida judía con bendiciones, y la oración que Jesús enseñó a sus discípulos sigue el modelo de las bendiciones judías, como mostramos en el Padre Nuestro en arameo.
Las tensiones con las autoridades que narra Hechos —los arrestos de Pedro y Juan, la ejecución de Esteban, la persecución de Herodes Agripa I en la que muere Santiago, hijo de Zebedeo— son conflictos dentro del mundo judío, con el Sanedrín y la aristocracia sacerdotal como protagonistas. El fariseo Gamaliel, según Hechos 5:34-39, incluso defiende a los apóstoles ante el consejo, sugiriendo que se les deje en paz por si su movimiento viene de Dios. Puedes conocer mejor esa institución en nuestro artículo sobre el Sanedrín.
Hebreos y helenistas: la primera división interna
Muy pronto, la comunidad de Jerusalén incluyó dos grupos judíos distintos: los «hebreos», judíos de lengua aramea, y los «helenistas», judíos de la diáspora que hablaban griego (Hechos 6:1). La queja de los helenistas porque sus viudas eran desatendidas llevó al nombramiento de siete encargados, todos con nombres griegos, entre ellos Esteban y Felipe.
Esta división lingüística tiene una importancia enorme para nuestro tema. Los helenistas eran judíos, pero judíos que vivían su fe en griego, leían la Biblia en la traducción griega de los Setenta y tenían contactos naturales con ciudades del Mediterráneo. Según Hechos, fueron ellos quienes, al dispersarse tras la muerte de Esteban, llevaron el mensaje sobre Jesús a Samaría, a la costa, a Chipre y a Antioquía. Por primera vez, el movimiento de Jesús empezó a expresarse principalmente en griego, un proceso cuyas consecuencias analizamos en qué idioma hablaba Jesús y en el artículo sobre el Logos de Juan 1:1.
Los «hebreos», en cambio, permanecieron en Jerusalén bajo el liderazgo de los apóstoles y, cada vez más, de Santiago, el hermano de Jesús. Ellos mantuvieron el arameo y la práctica plena de la Torá. Esa doble vía, arameo-judía en Jerusalén y griega en la diáspora, es la semilla de la posterior diferencia entre las comunidades judías de seguidores de Jesús y la Iglesia gentil.
Antioquía: donde nació el nombre «cristianos»
Antioquía de Siria, la tercera ciudad del Imperio romano después de Roma y Alejandría, tenía una importante comunidad judía. Allí, según Hechos 11:19-26, algunos judíos helenistas empezaron a hablar de Jesús también a los griegos, y un número considerable de gentiles se unió al grupo. Bernabé y Pablo enseñaron durante un año en esa comunidad mixta.
Y fue en Antioquía, dice Hechos 11:26, donde «los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez». El término christianoí es una formación latina aplicada a una palabra griega: significa «partidarios de Christós», es decir, del Mesías. Es probable que fuera un apodo puesto por personas de fuera, quizá las autoridades, para distinguir a un grupo que ya no encajaba del todo en la sinagoga local porque incluía a muchos no judíos. En el Nuevo Testamento la palabra solo aparece tres veces (Hechos 11:26; 26:28; 1 Pedro 4:16), lo que muestra que los propios seguidores de Jesús tardaron en adoptarla.
Medio siglo después, el obispo Ignacio de Antioquía, hacia el año 110, emplea ya con naturalidad la palabra christianismós, «cristianismo», y la contrapone al ioudaismós, «judaísmo». Es la primera vez que aparecen ambos términos como realidades opuestas. Entre los nazarenos de Jerusalén y el obispo Ignacio media todo el proceso que estudiamos en este silo, y cuyo desenlace describimos en la separación entre judaísmo y cristianismo.
El gran debate: ¿deben los gentiles hacerse judíos?
La entrada de gentiles en el movimiento planteó una pregunta inédita. El judaísmo de la época conocía dos categorías de no judíos cercanos a la sinagoga: los prosélitos, que se convertían plenamente, con circuncisión en el caso de los varones y aceptación de toda la Torá, y los «temerosos de Dios», simpatizantes que asistían a la sinagoga sin convertirse. La pregunta era: si el Mesías ya había venido, ¿cómo debían entrar los gentiles en el pueblo de Dios renovado?
Algunos judíos seguidores de Jesús de Judea sostenían que los gentiles debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés para salvarse (Hechos 15:1, 5). Hechos menciona expresamente que algunos de ellos eran «de la secta de los fariseos que habían creído». Pablo y Bernabé, en cambio, defendían que los gentiles podían unirse al movimiento como gentiles, sin conversión formal, porque en la era mesiánica los pueblos se unirían al Dios de Israel sin dejar de ser naciones, tal como anunciaban profetas como Isaías y Zacarías.
Conviene subrayar el sentido del debate. Nadie proponía que los judíos dejaran de observar la Torá. La discusión era sobre los requisitos para los gentiles. Las dos posiciones eran perfectamente judías: una aplicaba la vía de la conversión, la otra una visión escatológica en la que las naciones adoran al Dios de Israel en los últimos tiempos. Analizamos la postura de Pablo en el artículo sobre Pablo de Tarso, el fariseo.
El Concilio de Jerusalén (Hechos 15): una solución judía para los gentiles
Hacia el año 48-49, la comunidad de Antioquía envió a Pablo y a Bernabé a Jerusalén para consultar a los apóstoles y a los ancianos. El relato de Hechos 15 describe una asamblea en la que intervienen Pedro y Santiago. La decisión final la formula Santiago: no imponer la circuncisión a los gentiles, pero pedirles que se abstengan de cuatro cosas: la carne sacrificada a los ídolos, la sangre, la carne de animales estrangulados y la inmoralidad sexual (Hechos 15:20, 29).
Estas normas no son una invención arbitraria. Coinciden en gran medida con las leyes que el libro del Levítico impone a los extranjeros que viven entre los israelitas (Levítico 17-18) y guardan relación con la idea rabínica posterior de las leyes de Noé, un conjunto mínimo de mandamientos válidos para toda la humanidad. Es decir: la solución del Concilio de Jerusalén se basa en categorías de la Torá para definir el lugar de los gentiles. No suprime la Ley; aplica la Ley a quienes no son judíos.
Santiago fundamenta su decisión citando a Amós 9:11-12, sobre la reconstrucción del «tabernáculo caído de David» para que el resto de los hombres busque al Señor. Su argumento final es significativo: «Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada Shabat» (Hechos 15:21). La sinagoga seguía siendo el marco común, como explicamos en la sinagoga en tiempos de Jesús.
El incidente de Antioquía: la mesa compartida que dividió a Pedro y Pablo
La versión que da el propio Pablo en Gálatas 2 es más tensa que la de Hechos. Pablo cuenta que, en Jerusalén, Santiago, Pedro y Juan, «las columnas», reconocieron su misión entre los gentiles. Pero después, en Antioquía, Pedro comía con los creyentes gentiles hasta que llegaron «algunos de parte de Santiago»; entonces se retiró de esa mesa por temor a «los de la circuncisión», y hasta Bernabé siguió su ejemplo. Pablo se enfrentó a Pedro públicamente (Gálatas 2:11-14).
El conflicto gira en torno a las normas de pureza y alimentación en las comidas compartidas entre judíos y gentiles. Era una cuestión práctica y muy seria para un judío observante del siglo I. Que el episodio provocara una crisis demuestra que tanto Pedro como los enviados de Santiago seguían viviendo como judíos y que la cuestión de cómo mantener la Torá en una comunidad mixta no estaba resuelta. Ni siquiera Pablo, en ese texto, sugiere que los judíos debían abandonar sus normas en general; discute si se pueden imponer a los gentiles como condición de pertenencia.
Los primeros cristianos seguían siendo judíos: las pruebas del Nuevo Testamento
Además del Concilio de Jerusalén, hay varios pasajes que muestran hasta qué punto los primeros seguidores de Jesús se entendían dentro del judaísmo:
- Cuando Pablo llega a Jerusalén hacia el año 57, Santiago le informa de que hay «millares de judíos que han creído, y todos son celosos de la Ley» (Hechos 21:20).
- Para demostrar que él mismo observa la Torá, Pablo acepta pagar los gastos de cuatro hombres que han hecho un voto de nazareato y se purifica con ellos en el Templo (Hechos 21:23-26).
- Pablo había hecho antes un voto propio y se había cortado el cabello en Céncreas (Hechos 18:18).
- Ante el Sanedrín, Pablo declara: «Yo soy fariseo, hijo de fariseo» (Hechos 23:6), en presente.
- Pedro, según Hechos 10:14, se niega en principio a comer alimentos impuros: «nunca he comido nada común o inmundo».
Ninguno de estos datos tendría sentido si el movimiento se hubiera concebido como una religión distinta del judaísmo. Muestran una comunidad judía que vive la Torá, discute sobre ella como lo hacían otros grupos y se considera parte de Israel, del mismo modo que Jesús fue un maestro judío de la Torá.
La comunidad de Jerusalén después de Santiago
En el año 62, Santiago fue ejecutado en Jerusalén por orden del sumo sacerdote Anán, según cuenta Flavio Josefo (Antigüedades judías 20.200). Pocos años después estalló la guerra contra Roma, y en el año 70 el Templo fue destruido. Explicamos estas consecuencias en el artículo sobre la destrucción del Templo de Jerusalén.
La tradición conservada por Eusebio afirma que el sucesor de Santiago al frente de la comunidad fue Simeón hijo de Clopás, primo de Jesús, y que los obispos de Jerusalén fueron de origen judío hasta la revuelta de Bar Kojba (132-135). Después de ella, con la ciudad convertida en la colonia romana de Aelia Capitolina y prohibida para los judíos, la iglesia de Jerusalén pasó a manos de gentiles. Los descendientes de aquella comunidad judía, dispersos en Siria y Transjordania, son los grupos que los autores cristianos posteriores llamaron nazarenos y ebionitas, cuya historia contamos en judeocristianos: ebionitas y nazarenos.
Por qué olvidamos que los primeros cristianos eran judíos
Si las fuentes son tan claras, ¿por qué la imagen popular de los primeros cristianos los presenta como un grupo separado del judaísmo desde el principio? Hay varias razones.
La primera es demográfica. A partir de finales del siglo I, la mayoría de los creyentes eran gentiles de cultura griega o latina. Leyeron los textos del Camino desde su propio mundo, sin conocer los debates judíos que los explican. La segunda es lingüística: los evangelios y las cartas se transmitieron en griego, y términos como Christós, que en origen traducía el hebreo Mashíaj, perdieron su sentido judío y se convirtieron casi en un apellido de Jesús. El propio nombre de Jesús sufrió esa transformación, como explicamos en Yeshúa, el nombre original de Jesús.
La tercera razón es teológica. Desde el siglo II, una parte importante de la literatura cristiana desarrolló la idea de que la Iglesia había sustituido a Israel, lo que llevó a proyectar esa separación hacia el principio de la historia. Analizamos ese proceso en el artículo sobre la teología del reemplazo. La recuperación moderna del «Camino» como movimiento judío ha sido obra de la investigación histórica del siglo XX, con autores como Géza Vermes, James Dunn o Paula Fredriksen.
Lectura recomendada sobre los orígenes judíos del Camino
Para quien quiera profundizar en la matriz judía de la que surgió el Camino, una buena compañía es El judaísmo de Jesús, de Mario Sabán. Su análisis de las raíces judías de la enseñanza de Jesús ayuda a entender por qué sus primeros discípulos nunca sintieron que abandonaban el judaísmo al seguirlo, y por qué la palabra «cristiano» tardó tanto en convertirse en una identidad separada.
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Preguntas frecuentes sobre los primeros cristianos
¿Los primeros cristianos eran judíos?
Sí. Los discípulos de Jesús y los miembros de la primera comunidad de Jerusalén eran judíos. Seguían frecuentando el Templo, observaban la Torá y creían que Jesús era el Mesías de Israel. Los gentiles empezaron a incorporarse años más tarde, sobre todo en Antioquía y en las comunidades fundadas por Pablo.
¿Qué significa «el Camino» en el libro de Hechos?
Es el nombre que el movimiento de Jesús usaba para sí mismo (Hechos 9:2; 19:9; 24:14). Procede del vocabulario bíblico, en el que «camino» designa la conducta conforme a la voluntad de Dios, y está emparentado con el término judío halajá.
¿Dónde y cuándo se usó por primera vez la palabra «cristianos»?
Según Hechos 11:26, en Antioquía de Siria, probablemente en la década de los 40 del siglo I. Era seguramente un apodo dado por personas ajenas al grupo y significa «partidarios del Mesías».
¿Qué se decidió en el Concilio de Jerusalén?
Hacia el 48-49 d.C., los apóstoles y los ancianos de Jerusalén, con Santiago como voz decisiva, acordaron no exigir la circuncisión a los gentiles que se unían al movimiento, pero sí pedirles que evitaran la carne ofrecida a los ídolos, la sangre, la carne estrangulada y la inmoralidad sexual (Hechos 15).
¿Cuándo dejaron los cristianos de ser judíos?
No hubo un momento único. Los seguidores de Jesús de origen judío siguieron observando la Torá durante generaciones. Lo que cambió fue la composición del movimiento, cada vez más gentil, y la definición mutua de fronteras entre Iglesia y sinagoga, un proceso que se prolongó hasta el siglo IV.
Conclusión: volver al Camino para entender a Jesús
Los primeros cristianos fueron judíos que creyeron haber encontrado al Mesías de Israel. Se reunían en el Templo, rezaban con las oraciones de su pueblo y discutían sobre la Torá como lo hacían fariseos y esenios. Su gran debate no fue si abandonar el judaísmo, sino cómo abrir la puerta a las naciones sin borrar la Ley. Comprender esta etapa permite leer el Nuevo Testamento con otros ojos y ver en Jesús lo que sus primeros seguidores vieron: no el fundador de una religión distinta, sino el Mesías esperado por su propio pueblo.
Si quieres seguir el hilo de esta historia, continúa con Santiago, el hermano de Jesús, y regresa al pilar sobre la helenización del cristianismo primitivo para ver el proceso completo.
Fuentes y lecturas
- Hechos de los Apóstoles, capítulos 2-15 y 21-24.
- Pablo, Carta a los Gálatas, capítulos 1-2.
- Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, 10.
- James D. G. Dunn, Beginning from Jerusalem.
- Paula Fredriksen, When Christians Were Jews: The First Generation.
- Oskar Skarsaune, In the Shadow of the Temple: Jewish Influences on Early Christianity.