La destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70: el día que cambió a judíos y cristianos

En el verano del año 70 d.C., en un solo día del mes judío de Av, el edificio más sagrado del mundo judío ardió hasta los cimientos y nunca volvió a levantarse. La destrucción del Templo de Jerusalén por las legiones de Tito no fue solo una catástrofe militar: fue el terremoto que partió en dos la historia religiosa de Occidente. De sus ruinas nacieron, casi a la vez, el judaísmo rabínico que conocemos hoy y un cristianismo que, en pocas generaciones, empezaría a olvidar que su fundador había rezado en esos mismos patios.

Para entender cómo Jesús fue perdiendo su identidad judía en la memoria cristiana —el proceso que analizamos en nuestro pilar sobre la helenización del cristianismo primitivo— hay que detenerse en esta fecha. Antes del año 70, los seguidores de Jesús eran un grupo judío más, con sede en Jerusalén y presencia diaria en el Templo. Después del año 70, ese centro desapareció, y con él la referencia física que mantenía unido al movimiento con su matriz judía.

Aquí está el dato que pocos conocen: el Templo que Jesús visitó, en el que enseñó y del que expulsó a los cambistas, era en su época una de las construcciones más grandes del mundo antiguo. Su explanada, ampliada por Herodes el Grande, ocupaba unos 144.000 metros cuadrados, el equivalente a unos veinte campos de fútbol. Y apenas cuarenta años después de la crucifixión, de todo aquel complejo solo quedaron en pie los muros de contención exteriores, uno de los cuales es el que hoy conocemos como Muro Occidental o Muro de los Lamentos.

Respuesta breve: el Templo de Jerusalén fue destruido por el ejército romano, al mando de Tito, en el verano del año 70 d.C., durante la Primera Guerra Judeo-Romana (66-73 d.C.). La tradición judía fecha el incendio el 9 de Av (Tisha be-Av). La destrucción terminó con el sistema de sacrificios, trasladó el centro de la vida judía a la sinagoga y al estudio de la Torá, y aceleró el distanciamiento entre los seguidores de Jesús y el judaísmo.

El Templo que conoció Jesús: el corazón del judaísmo del Segundo Templo

El llamado Segundo Templo había sido reconstruido tras el regreso del exilio babilónico, a finales del siglo VI a.C., sobre el lugar del Templo de Salomón. Durante casi seis siglos fue el centro absoluto de la vida religiosa judía. Por eso los historiadores llaman a toda esta época «periodo del Segundo Templo», el marco que describimos con detalle en el judaísmo del Segundo Templo, el mundo de Yeshúa.

Herodes el Grande emprendió hacia el año 20-19 a.C. una reforma monumental del santuario y de su explanada. Las obras continuaron durante décadas, hasta poco antes de la guerra contra Roma. El propio Evangelio de Juan se hace eco de esa obra interminable cuando pone en boca de los interlocutores de Jesús que el Templo llevaba cuarenta y seis años en construcción (Juan 2:20).

En el Templo se ofrecían los sacrificios diarios, se celebraban las grandes fiestas de peregrinación y se reunía, según las fuentes, el Sanedrín, la máxima autoridad judía de la época. Allí acudían cada año decenas de miles de peregrinos desde Galilea, Babilonia, Egipto o Asia Menor, tal como explicamos en el artículo sobre las peregrinaciones a Jerusalén en tiempos de Jesús. Jesús participó de ese ritmo: los evangelios lo sitúan en Jerusalén durante Pésaj, Sucot y la fiesta de la Dedicación, que hoy conocemos como Janucá.

Es importante subrayar que, para un judío del siglo I, el Templo no era un edificio entre otros. Era el lugar donde, según la Torá, Dios había elegido «hacer morar su Nombre». Los grupos judíos de la época discutían sobre cómo debía funcionar —los saduceos controlaban el sacerdocio, los fariseos defendían su propia interpretación de las normas de pureza y los esenios de Qumrán lo consideraban contaminado por un sacerdocio ilegítimo—, pero prácticamente nadie dudaba de su centralidad. Puedes ampliar este panorama en nuestro artículo sobre fariseos, saduceos y esenios.

Jesús y el Templo: ¿anuncio de destrucción o crítica profética?

Los evangelios sinópticos atribuyen a Jesús una predicción explícita: «No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada» (Marcos 13:2; Mateo 24:2; Lucas 21:6). Durante siglos, muchos lectores cristianos interpretaron esa frase como prueba de que la destrucción era un castigo divino contra el pueblo judío por haber rechazado a Jesús. Esa lectura, sin embargo, ignora el contexto en el que Jesús hablaba.

La crítica al Templo y el anuncio de su destrucción eran un recurso profético perfectamente judío. Jeremías había anunciado la caída del Primer Templo (Jeremías 7 y 26) y fue perseguido por ello. El historiador Flavio Josefo cuenta, además, que pocos años antes de la guerra un tal Jesús hijo de Ananías recorrió Jerusalén durante años clamando «¡ay de Jerusalén y del Templo!», hasta que murió alcanzado por una piedra durante el asedio (Guerra de los judíos 6.300-309). En otras palabras: anunciar la ruina del santuario no situaba a nadie fuera del judaísmo; lo situaba dentro de una tradición profética muy reconocible.

La expulsión de los cambistas, por su parte, se entiende mejor como un gesto de celo por la santidad del lugar que como un rechazo del culto. Jesús cita a Isaías («mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos», Isaías 56:7) y a Jeremías. Es la protesta de un maestro judío que toma el Templo en serio, no la de alguien que quiere abolirlo. Este enfoque encaja con lo que explicamos sobre Jesús como maestro judío de la Torá.

Muchos especialistas consideran que, en su forma actual, los discursos sobre la destrucción del Templo fueron reelaborados por las comunidades que escribieron los evangelios después del año 70, cuando el desastre ya había ocurrido. Esto no significa necesariamente que Jesús no pronunciara palabras críticas sobre el Templo, sino que los evangelistas las leyeron a la luz de una catástrofe que ya conocían.

La Primera Guerra Judeo-Romana (66-73 d.C.): cómo se llegó al desastre

La guerra no estalló de un día para otro. Desde la deposición de Arquelao en el año 6 d.C., Judea estaba gobernada directamente por prefectos y, más tarde, procuradores romanos. La presión fiscal, la corrupción de algunos gobernadores, los choques con las poblaciones griegas de ciudades como Cesarea y la sensibilidad religiosa ante cualquier ofensa al Templo crearon un clima explosivo. Explicamos este trasfondo en nuestro artículo sobre la ocupación romana de Judea y la vida religiosa.

En el año 66, el procurador Gesio Floro sustrajo fondos del tesoro del Templo. Las protestas fueron reprimidas con violencia y, poco después, los sacerdotes del Templo decidieron suspender el sacrificio diario que se ofrecía en nombre del emperador. Aquella decisión equivalía a una declaración de independencia. La guarnición romana de Jerusalén fue aniquilada y el legado de Siria, Cestio Galo, tuvo que retirarse tras sufrir una derrota humillante en Bet Jorón.

Roma respondió enviando a uno de sus generales más experimentados, Vespasiano, acompañado de su hijo Tito. Entre los años 67 y 68 sometieron Galilea —donde fue capturado el propio Josefo, entonces comandante judío de la región— y buena parte de Judea. Cuando Nerón murió en el 68 y estalló la crisis sucesoria del «año de los cuatro emperadores», Vespasiano marchó a Roma y fue proclamado emperador en el 69. Dejó a Tito al mando del asedio final de Jerusalén.

Dentro de la ciudad, mientras tanto, las facciones judías —zelotes, sicarios y otros grupos rebeldes liderados por figuras como Juan de Giscala y Simón bar Giora— se enfrentaban entre sí. Según Josefo, en esos enfrentamientos internos ardieron reservas de grano que habrían permitido resistir mucho más tiempo. La ciudad estaba además llena de peregrinos llegados para Pésaj cuando comenzó el asedio, en la primavera del año 70.

El asedio y el incendio del Templo en el año 70

El asedio duró unos cinco meses. Tito rodeó Jerusalén con un muro de circunvalación para impedir la entrada de alimentos, y el hambre se convirtió en el arma principal. Josefo, que asistió al asedio desde el campamento romano como intérprete y negociador, describe escenas terribles de hambruna. Su testimonio, recogido en la Guerra de los judíos, es la fuente principal que tenemos, y conviene leerlo con cuidado: Josefo escribía bajo la protección de la familia imperial flavia y tenía interés en presentar a Tito con la mejor luz posible.

Tras romper sucesivamente los tres muros de la ciudad y tomar la fortaleza Antonia, adyacente al Templo, las tropas romanas llegaron a los patios del santuario. Josefo afirma que Tito quería conservar el edificio y que el incendio fue obra de un soldado que lanzó una tea en contra de las órdenes. Otra fuente, el historiador cristiano Sulpicio Severo (siglo IV-V), que probablemente se basó en un pasaje perdido de Tácito, sostiene lo contrario: que Tito ordenó destruir el Templo deliberadamente para acabar con la raíz tanto del judaísmo como del cristianismo. Los historiadores siguen debatiendo cuál de las dos versiones es más fiable.

La tradición judía sitúa la destrucción el 9 de Av, la misma fecha en la que, según el Talmud, había caído el Primer Templo en el 586 a.C. ante los babilonios. Por eso Tisha be-Av es todavía hoy el día de duelo más importante del calendario judío, con ayuno de veinticinco horas y lectura del libro de las Lamentaciones. Puedes situar esta fecha en el ciclo anual consultando nuestro artículo sobre el calendario judío en tiempos de Jesús.

El resto de la ciudad cayó en septiembre. Josefo da cifras de víctimas y prisioneros —más de un millón de muertos y noventa y siete mil cautivos— que la mayoría de los historiadores considera exageradas, aunque no hay duda de que la mortandad fue enorme y de que miles de personas fueron vendidas como esclavas.

El Arco de Tito y el impuesto judío: Roma celebra su victoria

Roma convirtió la caída de Jerusalén en propaganda. En el año 71, Vespasiano y Tito celebraron un triunfo en el que desfilaron los objetos sagrados del Templo, entre ellos la gran menorá de oro y la mesa de los panes de la proposición. Esa escena quedó esculpida en el Arco de Tito, levantado en el Foro romano poco después de la muerte del emperador en el 81, y que todavía hoy puede verse en Roma. Las monedas de la serie «Iudaea capta» mostraban a una mujer judía llorando bajo una palmera, vigilada por un soldado romano.

Hubo además una medida con consecuencias religiosas directas: el fiscus Iudaicus. Hasta entonces, los varones judíos de todo el mundo enviaban cada año medio siclo al Templo de Jerusalén. Vespasiano mantuvo el impuesto, pero lo desvió al templo de Júpiter Capitolino en Roma y lo extendió a mujeres, niños y ancianos. Así, los judíos pasaron a financiar con su ofrenda tradicional el santuario del dios que había vencido, en la lógica romana, al Dios de Israel.

Este impuesto tendría un efecto inesperado en la relación entre judíos y cristianos: obligaba a las autoridades romanas a decidir quién era judío y quién no. Más adelante, bajo el emperador Nerva (96-98), se puso fin a los abusos en su recaudación, lo que algunos historiadores interpretan como un paso hacia una definición más estrecha de la identidad judía, una definición en la que los cristianos gentiles quedaban fuera. Analizamos este proceso en el artículo sobre la separación entre judaísmo y cristianismo.

Yohanán ben Zakai y Yavne: el nacimiento del judaísmo rabínico

Si la destrucción del Templo hubiera sido el final de la historia judía, hoy no existiría el judaísmo tal como lo conocemos. Lo que ocurrió fue una de las reinvenciones religiosas más extraordinarias de la historia. La tradición rabínica cuenta que, durante el asedio, el sabio fariseo Rabán Yohanán ben Zakai salió de Jerusalén escondido en un ataúd y pidió al general romano que le concediera «Yavne y sus sabios» (Talmud de Babilonia, Guitín 56a-b; Avot de Rabí Natán). El relato tiene rasgos legendarios, pero refleja un hecho histórico: tras el 70, la ciudad costera de Yavne (Jamnia) se convirtió en el centro de reorganización del judaísmo.

Sin Templo no había sacrificios, ni sacerdocio activo, ni peregrinaciones. Los sabios de Yavne trasladaron el centro de la vida religiosa a tres pilares que podían funcionar en cualquier lugar del mundo: el estudio de la Torá, la oración comunitaria y la práctica de los mandamientos en el hogar. La sinagoga —que ya existía antes del 70, como explicamos en la sinagoga en tiempos de Jesús— pasó a ocupar un lugar central. Una enseñanza atribuida a Yohanán ben Zakai lo resume: los actos de bondad expían igual que los sacrificios, apoyándose en Oseas 6:6, «misericordia quiero y no sacrificio».

Resulta llamativo que Jesús cite ese mismo versículo de Oseas en el Evangelio de Mateo (9:13 y 12:7). Jesús y los primeros rabinos bebían de la misma fuente bíblica y de debates muy parecidos sobre el sentido de la Ley. Esa cercanía es uno de los temas que tratamos en Jesús y la halajá.

Bajo la dirección de Rabán Gamaliel II, sucesor de Yohanán, Yavne fue también el lugar donde, según la tradición, se fijó la forma de la oración central del judaísmo, la Amidá o Shemoné Esré. A esa época se atribuye la llamada birkat ha-minim, una bendición contra los «herejes» que durante mucho tiempo se interpretó como una expulsión formal de los cristianos de las sinagogas. Hoy los especialistas son mucho más prudentes: no está claro a quién iba dirigida originalmente ni cuándo empezó a incluir a los seguidores de Jesús.

¿Qué pasó con los seguidores de Jesús durante la guerra?

La comunidad de seguidores de Jesús en Jerusalén había estado dirigida hasta el año 62 por Santiago, el hermano de Jesús, conocido como «el Justo» por su observancia de la Torá. Su muerte, ejecutado por orden del sumo sacerdote Anán poco antes de la guerra, dejó a la comunidad sin su figura más respetada.

El historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea, que escribe a comienzos del siglo IV, recoge una tradición según la cual los cristianos de Jerusalén, advertidos por un oráculo, abandonaron la ciudad antes del asedio y se refugiaron en Pela, una ciudad de la Decápolis al otro lado del Jordán (Historia eclesiástica 3.5.3). Epifanio de Salamina repite la noticia en el siglo IV. Algunos historiadores la consideran fiable; otros piensan que es una leyenda posterior que servía para legitimar a las comunidades cristianas de esa región. Sea como fuere, lo seguro es que la comunidad judía de seguidores de Jesús en Jerusalén perdió su centro geográfico.

Esto tuvo consecuencias enormes. Hasta el 70, Jerusalén era la «iglesia madre» a la que incluso Pablo acudía para consultar a Santiago, a Pedro y a Juan, las «columnas» de la comunidad (Gálatas 2:9). Pablo llevaba colectas desde sus comunidades gentiles para «los pobres» de Jerusalén. Después del 70, el peso demográfico y cultural se desplazó hacia ciudades de habla griega como Antioquía, Éfeso, Corinto, Alejandría y Roma. Explicamos esa primera etapa en el artículo sobre los primeros cristianos y «el Camino».

Los grupos de seguidores de Jesús que siguieron observando la Torá no desaparecieron de inmediato. Sobrevivieron durante siglos en Siria y Transjordania, y los autores cristianos posteriores los llamaron nazarenos o ebionitas. Su historia, cada vez más marginal, es la de una rama del movimiento que quedó atrapada entre la Iglesia gentil y la sinagoga rabínica. La contamos en el artículo sobre judeocristianos, ebionitas y nazarenos.

Los evangelios se escriben a la sombra de las ruinas

Uno de los datos más relevantes para entender la imagen de Jesús que nos ha llegado es la cronología de los textos. La mayoría de los especialistas sitúa la redacción del Evangelio de Marcos hacia el año 70, en torno a la guerra o inmediatamente después. Mateo y Lucas se escribieron probablemente entre los años 80 y 90, y Juan hacia los años 90-100. Es decir: los cuatro evangelios canónicos se compusieron en el mundo posterior al Templo, cuando judíos y seguidores de Jesús estaban redefiniendo, cada uno por su lado, quiénes eran.

Esa situación se refleja en el texto. En el Evangelio de Juan aparece tres veces la palabra griega aposynágogos, «expulsado de la sinagoga» (Juan 9:22; 12:42; 16:2), algo que difícilmente encaja en la vida de Jesús, pero sí en las tensiones de la comunidad joánica a finales del siglo I. También en Juan, «los judíos» aparecen a menudo como un grupo distinto y hostil, aunque Jesús, sus discípulos y casi todos los personajes del relato son judíos. Muchos especialistas leen ese lenguaje como reflejo de un conflicto entre comunidades judías posterior al 70, no como una descripción del tiempo de Jesús.

Mateo, por su parte, escribe probablemente para una comunidad de judíos seguidores de Jesús que discute con los sabios fariseos de su entorno sobre quién interpreta correctamente la Torá. Por eso es a la vez el evangelio más judío —el que insiste en que Jesús no vino a abolir la Ley sino a cumplirla (Mateo 5:17)— y el que contiene las polémicas más duras contra los fariseos. Es una disputa familiar, interna, que solo más tarde, leída por cristianos gentiles, se convirtió en munición contra el judaísmo en su conjunto.

Bar Kojba y Aelia Capitolina: la ruptura definitiva con Jerusalén

La destrucción del 70 no fue el último golpe. Entre los años 132 y 135 estalló la segunda gran revuelta judía, dirigida por Simón bar Kosiba, a quien algunos seguidores llamaron Bar Kojba, «hijo de la estrella», en alusión mesiánica a Números 24:17. El sabio Rabí Akiva, según la tradición, lo reconoció como mesías. Justino Mártir cuenta que Bar Kojba castigó a los cristianos que se negaban a renegar de Jesús (Primera Apología 31.6), lo cual muestra que ambos grupos ya eran percibidos como distintos: los seguidores de Jesús no podían aceptar a otro mesías.

Tras aplastar la revuelta, el emperador Adriano refundó Jerusalén como colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina y prohibió a los judíos residir en ella. Eusebio señala que, hasta entonces, los obispos de la comunidad cristiana de Jerusalén habían sido de origen judío —«de la circuncisión»— y que a partir de ese momento la iglesia de la ciudad quedó formada por gentiles, con un obispo de nombre Marcos (Historia eclesiástica 4.5-6). La continuidad judía del movimiento de Jesús en su propia ciudad quedó cortada de raíz.

La interpretación cristiana posterior: de tragedia a «castigo»

Con el paso de las generaciones, muchos autores cristianos empezaron a leer la destrucción del Templo como prueba de que Dios había abandonado a Israel y había transferido su elección a la Iglesia. Esa idea, conocida como teología del reemplazo, aparece ya en el siglo II y se consolidó con autores como Orígenes, Eusebio o Juan Crisóstomo, para quienes el Templo en ruinas era un argumento apologético contra el judaísmo.

Esta lectura es históricamente problemática por dos razones. Primero, porque convierte en juicio teológico un acontecimiento político-militar que afectó a todos los judíos de Judea, incluidos los seguidores de Jesús. Segundo, porque ignora que el propio Jesús, según los evangelios, lloró por Jerusalén (Lucas 19:41-44). La catástrofe del 70 no fue vivida por los primeros discípulos como una victoria sobre el judaísmo, sino como una tragedia de su propio pueblo.

Recuperar esa perspectiva es parte de lo que la investigación histórica moderna ha hecho al situar de nuevo a Jesús en su contexto. Autores como Géza Vermes o E. P. Sanders mostraron que no es posible entender ni a Jesús ni a sus primeros seguidores sin el Templo, y que la imagen de un Jesús «enemigo» del culto judío es una proyección posterior.

Por qué la destrucción del Templo es clave para entender la helenización

Si unimos las piezas, el año 70 aparece como el punto de inflexión de un proceso más largo. Con el Templo destruido, la comunidad de Jerusalén dispersa y la mayoría de los nuevos creyentes procedentes del mundo grecorromano, el movimiento de Jesús perdió su anclaje en la geografía, la lengua y las prácticas del judaísmo palestino. La reflexión sobre Jesús empezó a hacerse en griego, desde ciudades griegas y con herramientas de la filosofía griega, un proceso que tratamos en el artículo sobre el Logos de Juan 1:1.

Al mismo tiempo, el judaísmo rabínico se reorganizó en torno a la Torá oral y la sinagoga, y fue definiendo sus propias fronteras. Ninguno de los dos procesos fue inmediato ni uniforme, pero ambos arrancan de las mismas ruinas. Por eso, cuando hoy leemos los evangelios, conviene recordar que fueron escritos por comunidades que acababan de ver arder el centro de su mundo religioso, y que su lenguaje sobre «los judíos» nace de ese trauma compartido, no de una distancia original entre Jesús y su pueblo.

La lengua es otro ejemplo de esta pérdida. Jesús enseñó en arameo, rezó con las fórmulas de la tradición judía y citó las Escrituras hebreas, como explicamos en qué idioma hablaba Jesús. Pero las comunidades que conservaron su memoria después del 70 lo hicieron casi exclusivamente en griego, y muy pronto en latín, de modo que expresiones arameas como Abba quedaron como fósiles dentro de un texto escrito en otra lengua.

Un libro para profundizar

Si te interesa comprender cómo la catástrofe del año 70 transformó la memoria de Jesús, te recomendamos el ensayo de Mario Sabán sobre el judaísmo de Jesús. El autor examina la figura de Jesús desde las fuentes judías de su tiempo y ayuda a leer los evangelios con los ojos de un judío del siglo I, algo especialmente útil para entender textos escritos, como hemos visto, a la sombra de un Templo en ruinas.

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Preguntas frecuentes sobre la destrucción del Templo de Jerusalén

¿En qué año fue destruido el Templo de Jerusalén?

El Segundo Templo fue destruido en el año 70 d.C. por el ejército romano dirigido por Tito, hijo del emperador Vespasiano. El Primer Templo, el de Salomón, había sido destruido por los babilonios en el 586 a.C.

¿Quién destruyó el Templo de Jerusalén?

Las legiones romanas al mando de Tito, durante la Primera Guerra Judeo-Romana. Las fuentes discrepan sobre si Tito ordenó el incendio: Flavio Josefo dice que quiso salvar el edificio, mientras que Sulpicio Severo afirma que ordenó destruirlo.

¿Qué queda hoy del Templo de Jerusalén?

Del santuario no queda nada en pie. Se conservan partes de los muros de contención de la explanada construida por Herodes, entre ellos el Muro Occidental, además de restos arqueológicos en las excavaciones cercanas.

¿Jesús predijo la destrucción del Templo?

Los evangelios le atribuyen esa predicción (Marcos 13:2). Anunciar la caída del Templo era un recurso profético judío, presente en Jeremías y en otros personajes del siglo I. Muchos especialistas creen que los evangelistas, que escribieron después del 70, reelaboraron esas palabras a la luz de lo ocurrido.

¿Qué es Tisha be-Av?

Es el día de ayuno y duelo del 9 del mes de Av en el calendario judío, en el que se recuerda la destrucción del Primer y del Segundo Templo, además de otras tragedias de la historia judía.

¿Cómo afectó la destrucción del Templo al cristianismo?

La comunidad de seguidores de Jesús en Jerusalén perdió su centro, el movimiento se desplazó hacia ciudades griegas con mayoría de creyentes gentiles y los evangelios se redactaron en un clima de distanciamiento con la sinagoga. Todo ello aceleró la separación entre ambos grupos y la progresiva pérdida de la identidad judía de Jesús en la memoria cristiana.

Conclusión: el día en que se apagó el centro del mundo de Jesús

La destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 cerró la época en la que vivió Jesús. El santuario en el que celebró las fiestas, discutió sobre la Torá y oró con su pueblo desapareció apenas una generación después de su muerte. De esas ruinas surgieron dos respuestas: los sabios de Yavne reconstruyeron el judaísmo en torno a la Torá y la sinagoga, y un movimiento cada vez más gentil reconstruyó la memoria de Jesús en griego, lejos de Galilea y de Judea. Entender ese momento es el primer paso para recuperar al Jesús histórico como lo que fue: un judío del Segundo Templo cuyo mundo, literalmente, ardió poco después de él.

Para seguir este recorrido, te recomendamos continuar con los primeros cristianos y «el Camino» y volver después al pilar sobre cómo Jesús dejó de ser judío en la memoria cristiana.

Fuentes y lecturas

  • Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libros 5-7.
  • Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, 3.5 y 4.5-6.
  • Talmud de Babilonia, tratado Guitín 56a-b.
  • Martin Goodman, Roma y Jerusalén: el choque de dos civilizaciones.
  • E. P. Sanders, Judaism: Practice and Belief, 63 BCE–66 CE.
  • Shaye J. D. Cohen, From the Maccabees to the Mishnah.

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