La peregrinación a Jerusalén en tiempos de Jesús: las tres fiestas

Imagina una familia de Nazaret preparando el equipaje para un viaje de unos cuatro días a pie. Llevan comida, odres de agua, mantas para dormir al raso y, si pueden, un cordero o el dinero para comprarlo. Se unen a otras familias de la aldea y de los pueblos vecinos, y forman una caravana que avanza cantando salmos por los caminos de Galilea. Su destino es Jerusalén, y su motivo, una fiesta. Esta escena, que se repetía tres veces al año, es la base de la peregrinación a Jerusalén en tiempos de Jesús, una experiencia que marcó la vida de Jesús desde su infancia.

El Evangelio de Lucas lo dice con naturalidad: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pésaj» (Lucas 2:41). Y cuenta lo que ocurrió cuando Jesús tenía doce años: al regresar, sus padres caminaron un día entero creyendo que el niño iba en la caravana, hasta que se dieron cuenta de que no estaba con ellos. Lo encontraron tres días después en el Templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas (Lucas 2:43-46).

Ese detalle, que una familia pudiera perder de vista a un niño durante una jornada entera de camino, revela algo que los lectores modernos suelen pasar por alto: las peregrinaciones eran movimientos masivos de personas. Cientos de miles de judíos, según los cálculos más prudentes de los historiadores, llegaban a Jerusalén en las grandes fiestas, desde Galilea, desde Judea y desde toda la diáspora. En este artículo vas a descubrir qué ordenaba la Torá, cómo se viajaba, qué se hacía al llegar, qué tensiones generaban esas multitudes bajo la ocupación romana y por qué tantos momentos decisivos de la vida de Jesús ocurrieron durante una peregrinación.

Este artículo forma parte de la guía sobre las fiestas judías en la vida de Jesús, donde se presenta el calendario sagrado que organizaba su vida.

«Tres veces al año»: lo que ordenaba la Torá

La obligación de peregrinar aparece varias veces en la Torá, y su formulación más completa está en el Deuteronomio: «Tres veces al año se presentará todo varón tuyo delante del Eterno tu Dios, en el lugar que Él elija: en la fiesta de los Panes sin Levadura, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de las Cabañas. Y nadie se presentará ante el Eterno con las manos vacías» (Deuteronomio 16:16).

Estas tres fiestas son Pésaj, Shavuot y Sucot. En hebreo se las llama shalosh regalim, «los tres pies» o «las tres veces de ir a pie», porque la palabra régel, «pie», designa también la peregrinación. Su nombre ya indica cómo se cumplía el mandamiento: caminando.

Las tres fiestas tenían además un carácter agrícola. Pésaj coincidía con la cosecha de la cebada; Shavuot, siete semanas después, con la del trigo y las primicias; y Sucot, en otoño, con el final de la recolección de la fruta y la uva. La peregrinación unía el ciclo de la tierra con la memoria de la historia: la salida de Egipto, la entrega de la Torá y la travesía del desierto. Cómo se fijaban las fechas de estas fiestas se explica en el artículo sobre el calendario judío en tiempos de Jesús.

¿Quién estaba obligado?

La Mishná, en el tratado de Jaguigá, precisa quiénes estaban sujetos a la obligación: todos los varones adultos, salvo excepciones como los enfermos, los ancianos que no podían subir a pie o los menores. Las escuelas de Shamai y de Hilel discutían incluso a partir de qué edad un niño debía acudir: la escuela de Shamai decía que desde que pudiera ir montado sobre los hombros de su padre; la de Hilel, desde que pudiera subir caminando de la mano de su padre (Mishná Jaguigá 1:1).

Aunque la obligación recaía sobre los varones, la peregrinación era una experiencia familiar. La Torá ordena alegrarse en la fiesta «tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda» (Deuteronomio 16:14). El relato de Lucas muestra a María viajando con José cada año, y a Ana, la madre de Samuel, subiendo con su marido al santuario de Siló siglos antes (1 Samuel 1).

El viaje: caravanas, rutas y salmos

Viajar en caravana

Lucas usa una palabra griega muy precisa para describir el grupo con el que regresaban María y José: synodía, «compañía de viaje» o «caravana» (Lucas 2:44). Viajar en grupo ofrecía protección frente a los bandidos, ayuda mutua y compañía. Las aldeas de Galilea organizaban sus propias caravanas, y en ellas viajaban parientes y conocidos. Por eso los padres de Jesús pudieron pensar durante un día entero que el niño estaba con otros familiares.

Dos rutas desde Galilea

Desde Galilea hasta Jerusalén había algo más de cien kilómetros. Existían básicamente dos rutas.

La más directa atravesaba Samaria y requería unos tres días de camino, según indica Flavio Josefo (Vida 269). Pero cruzar territorio samaritano tenía riesgos. Las relaciones entre judíos y samaritanos eran tensas, y Josefo narra un episodio, ocurrido pocos años después de la muerte de Jesús, en el que unos peregrinos galileos fueron atacados en una aldea samaritana cuando subían a la fiesta (Antigüedades judías 20.118). El Evangelio de Lucas recoge un incidente parecido: una aldea samaritana se negó a recibir a Jesús «porque se dirigía a Jerusalén» (Lucas 9:51-53).

La otra ruta bajaba por el valle del Jordán, a veces por la orilla oriental, en la región de Perea, y subía a Jerusalén desde Jericó. Era más larga, pero evitaba Samaria. Los evangelios sinópticos sitúan el último viaje de Jesús precisamente por este camino: pasa por Jericó, donde cura al ciego Bartimeo (Marcos 10:46) y se aloja en casa de Zaqueo (Lucas 19:1-10), antes de subir a Jerusalén. La subida desde Jericó, situada a unos doscientos cincuenta metros bajo el nivel del mar, hasta Jerusalén, a unos ochocientos metros por encima, era un ascenso de más de mil metros por el desierto de Judea: el escenario de la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30).

Los Salmos de las subidas

En el libro de los Salmos hay un grupo de quince salmos, del 120 al 134, que llevan el título Shir hamaalot, «Canción de las subidas». La tradición los relaciona con la peregrinación a Jerusalén, y su contenido lo confirma: «Me alegré cuando me dijeron: Vamos a la casa del Eterno. Ya están nuestros pies en tus puertas, Jerusalén» (Salmos 122:1-2). Otro dice: «Alzaré mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi ayuda?» (Salmos 121:1).

Es muy probable que las caravanas de Galilea cantaran estos salmos durante el camino. Cuando Jesús subía a Jerusalén con su familia, estas palabras formaban parte del paisaje sonoro del viaje.

La procesión de las primicias

La Mishná, en el tratado de Bikurim, describe con detalle cómo llegaban a Jerusalén las comunidades que traían las primicias de sus cosechas. Se reunían en la capital de su distrito, dormían en la plaza y, al amanecer, alguien gritaba: «Levantaos y subamos a Sion, a la casa del Eterno nuestro Dios» (Jeremías 31:6). Delante iba un buey con los cuernos dorados y una corona de olivo, y la flauta tocaba durante todo el camino. Al acercarse a Jerusalén, los responsables del Templo salían a recibirlos, y los artesanos de la ciudad se ponían en pie y los saludaban (Mishná Bikurim 3:2-3).

Aunque esta descripción se refiere específicamente a la ofrenda de las primicias, ofrece una imagen viva del ambiente festivo de las peregrinaciones.

Al llegar a Jerusalén

La purificación

Antes de entrar en el Templo era necesario estar en estado de pureza ritual. Por eso muchos peregrinos llegaban unos días antes de la fiesta. El Evangelio de Juan lo dice expresamente: antes de Pésaj, «muchos subieron del campo a Jerusalén para purificarse» (Juan 11:55).

La arqueología ha confirmado este dato de forma espectacular. Junto a las escalinatas del sur del Monte del Templo se han hallado numerosos mikvaot, baños rituales excavados en la roca, donde los peregrinos se sumergían antes de subir a los atrios. En Jerusalén se conocen también dos grandes estanques mencionados en el Evangelio de Juan: el de Siloé (Juan 9:7) y el de Betesda (Juan 5:2), cuyos restos han sido excavados.

Una inscripción de una sinagoga para peregrinos

Uno de los hallazgos más interesantes para comprender las peregrinaciones es la llamada inscripción de Teódoto, encontrada en Jerusalén y datada antes de la destrucción del Templo. Menciona a un sacerdote llamado Teódoto que construyó una sinagoga «para la lectura de la Ley y la enseñanza de los mandamientos», junto con un albergue, habitaciones y depósitos de agua «para los que vienen del extranjero». Muestra que en Jerusalén existían instituciones dedicadas a acoger a los peregrinos de la diáspora. Puedes conocer mejor estas instituciones en el artículo sobre la sinagoga en tiempos de Jesús.

Dónde dormir

Con la ciudad llena, muchos peregrinos se alojaban en tiendas, con familiares o en las aldeas de los alrededores. Los evangelios cuentan que, durante su última semana, Jesús salía cada tarde de Jerusalén y pasaba la noche en Betania, a unos tres kilómetros, en el lado oriental del Monte de los Olivos (Mateo 21:17; Marcos 11:11), y que se retiraba también al Monte de los Olivos (Lucas 21:37). Es exactamente lo que haría un peregrino galileo con amigos en las afueras.

El dinero del Templo y el segundo diezmo

La Torá ordenaba separar un «segundo diezmo» de las cosechas y consumirlo en Jerusalén. Si el camino era largo, se podía convertir en dinero y gastarlo en la ciudad en comida y bebida para celebrar la fiesta (Deuteronomio 14:22-26). Las peregrinaciones movían así una gran actividad económica.

Además, todo varón judío pagaba un impuesto anual de medio siclo para el mantenimiento del Templo, mencionado en el Evangelio de Mateo (17:24). Ese pago debía hacerse con una moneda de plata de alta calidad, y la más usada era el siclo de Tiro. De ahí la presencia de los cambistas en los atrios del Templo, que los evangelios describen en el episodio de la expulsión de los mercaderes (Mateo 21:12; Juan 2:13-16), y que ocurre, según Juan, al acercarse Pésaj.

Las multitudes y Roma

¿Cuántas personas acudían a Jerusalén en las grandes fiestas? Flavio Josefo ofrece una cifra enorme: según él, en un Pésaj se contaron 255.600 corderos sacrificados, y calcula que la ciudad acogía a más de dos millones setecientas mil personas (Guerra de los judíos 6.422-425). La mayoría de los historiadores considera estas cifras muy exageradas. Las estimaciones actuales hablan de cifras mucho menores, quizá de varios cientos de miles de peregrinos en las fiestas principales. Aun así, para una ciudad cuya población habitual era muy inferior, la llegada de los peregrinos multiplicaba su tamaño.

Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, describe cómo «innumerables personas de innumerables ciudades, unas por tierra y otras por mar, desde el este y el oeste, el norte y el sur, acuden al Templo en cada fiesta» (Leyes especiales 1.69). El libro de los Hechos ofrece una imagen semejante cuando enumera a los judíos de Partia, Media, Mesopotamia, Egipto, Roma y otras regiones presentes en Jerusalén en Shavuot (Hechos 2:5-11).

La vigilancia romana

Estas multitudes eran motivo de preocupación para las autoridades romanas. El gobernador, que normalmente residía en Cesarea, en la costa, subía a Jerusalén durante las fiestas con tropas adicionales. Por eso Poncio Pilato estaba en Jerusalén durante el Pésaj en que Jesús fue juzgado. Los soldados se apostaban sobre los pórticos del Templo para vigilar a la multitud.

Josefo cuenta que, bajo el gobernador Cumano, a mediados del siglo I, un soldado romano apostado sobre el pórtico durante Pésaj hizo un gesto obsceno hacia los peregrinos, lo que provocó disturbios y una matanza (Guerra de los judíos 2.224-227). El Evangelio de Lucas menciona otro episodio violento: unos galileos «cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios» (Lucas 13:1). Las fiestas de peregrinación eran momentos de fervor religioso y, al mismo tiempo, de máxima tensión política.

Esto explica la preocupación de los sumos sacerdotes, según los evangelios, por evitar un arresto de Jesús «durante la fiesta, para que no haya alboroto en el pueblo» (Mateo 26:5). El contexto de esa tensión se explica en el artículo sobre la ocupación romana de Judea, y el papel de las autoridades judías, en el artículo sobre el Sanedrín.

Jesús, peregrino: las fiestas en los evangelios

Los Evangelios sinópticos narran un solo viaje de Jesús adulto a Jerusalén, el último, durante Pésaj. El Evangelio de Juan, en cambio, lo sitúa varias veces en la ciudad durante las fiestas:

  • En Pésaj, al principio de su actividad pública (Juan 2:13).
  • En «una fiesta de los judíos» que el texto no identifica (Juan 5:1), sobre la que los estudiosos han propuesto distintas hipótesis.
  • En Sucot, la fiesta de las Cabañas, cuando enseña en el Templo y proclama: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba» (Juan 7:2-37).
  • En Janucá, la fiesta de la Dedicación, en invierno, como se explica en el artículo sobre Jesús en la Fiesta de la Dedicación.
  • Y en su último Pésaj, en el que fue crucificado (Juan 12-19).

Por eso la tradición habla de un ministerio público de unos tres años: el Evangelio de Juan menciona al menos tres Pésaj distintos. Al margen de la cronología exacta, todos los evangelios coinciden en algo fundamental: los momentos decisivos de la vida de Jesús se produjeron en el marco de las peregrinaciones. Su enseñanza en el Templo, su conflicto con las autoridades, su última cena y su muerte tuvieron lugar en Jerusalén durante una fiesta.

Jesús a los doce años

El episodio de Jesús a los doce años en el Templo merece una última observación. Lucas lo presenta sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas (Lucas 2:46), que era la manera tradicional de aprender en el mundo judío. Durante las fiestas, los grandes maestros enseñaban en los pórticos del Templo, y cualquiera podía acercarse a escuchar. Este episodio se comprende mejor a la luz de lo que se cuenta en el artículo sobre la educación de un niño judío en tiempos de Jesús.

Mitos frecuentes sobre las peregrinaciones

  • «Solo iban los varones». La obligación legal recaía en ellos, pero los textos muestran a familias enteras peregrinando, como la de Jesús.
  • «Jesús solo fue a Jerusalén una vez». Es lo que narran los sinópticos de su vida adulta, pero Lucas indica que su familia iba cada año, y Juan lo sitúa en varias fiestas.
  • «Los peregrinos se alojaban en posadas». La mayoría dormía en tiendas, en casas de parientes o en las aldeas cercanas, como Jesús en Betania.
  • «Las cifras de Josefo son exactas». Son muy probablemente exageradas, aunque reflejan que las multitudes eran enormes para la época.

Las peregrinaciones después del Templo

Con la destrucción del Templo por los romanos en el año 70, la obligación de peregrinar dejó de poder cumplirse plenamente. Pero el recuerdo de las peregrinaciones siguió vivo en la liturgia. En las oraciones de las fiestas se repite la súplica de volver a «subir, presentarse y postrarse» en Jerusalén. Y cada Pésaj termina con la frase: «El año próximo, en Jerusalén».

Hoy, muchas personas siguen acudiendo a Jerusalén en las tres fiestas de peregrinación, y en Sucot y Pésaj se celebra junto al Muro Occidental la Bendición Sacerdotal ante grandes multitudes, un eco moderno de los antiguos shalosh regalim.

Leer los evangelios con la peregrinación en mente cambia la perspectiva. Jesús no aparece como un predicador aislado que llega a una ciudad extraña, sino como un judío galileo que sube con su pueblo a la casa de Dios, canta los salmos del camino y enseña en los pórticos llenos de peregrinos. Esa imagen encaja con el retrato de Jesús que se desarrolla en la guía sobre Jesús, maestro judío de la Torá y con el panorama general del judaísmo del Segundo Templo.

Lecturas recomendadas

Si te interesa profundizar en la vida religiosa que rodeaba a Jesús, el Templo, las fiestas y la enseñanza de los maestros de su tiempo, una lectura muy recomendable es este estudio de Mario Sabán, titulado El judaísmo de Jesús, escrito en español desde las fuentes judías.

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Preguntas frecuentes sobre las peregrinaciones a Jerusalén

¿Cuáles eran las fiestas de peregrinación en tiempos de Jesús?

Pésaj, Shavuot y Sucot, llamadas en hebreo shalosh regalim. La Torá ordenaba que todo varón se presentara en el Templo de Jerusalén en estas tres fiestas (Deuteronomio 16:16).

¿Cuánto tardaba Jesús en ir de Galilea a Jerusalén?

Por la ruta que atravesaba Samaria, unos tres días, según Flavio Josefo. Por la ruta del valle del Jordán y Jericó, que evitaba Samaria, algo más. La distancia era de algo más de cien kilómetros.

¿Por qué Jesús fue al Templo a los doce años?

Según Lucas 2:41-52, su familia subía cada año a Jerusalén para Pésaj. Ese año, Jesús se quedó en el Templo escuchando y preguntando a los maestros, mientras sus padres regresaban en la caravana sin darse cuenta.

¿Dónde se alojaban los peregrinos en Jerusalén?

En tiendas, en casas de parientes o en aldeas cercanas. Los evangelios cuentan que Jesús pasaba las noches de su última semana en Betania o en el Monte de los Olivos. También existían edificios para acoger a los peregrinos de la diáspora, como el que menciona la inscripción de Teódoto.

Tres veces al año, los caminos de Israel se llenaban de familias que cantaban mientras subían hacia Jerusalén. Entre ellas, durante muchos años, caminó un muchacho de Nazaret que más tarde enseñaría en los pórticos del Templo y moriría en una de esas fiestas. Comprender la peregrinación es comprender el ritmo de su vida: un camino que siempre terminaba subiendo a Sion.

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