Hay un versículo del Evangelio de Juan que casi todo el mundo lee de pasada, y que sin embargo cambia la manera de imaginar a Jesús: «Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón» (Juan 10:22-23). Esa «fiesta de la Dedicación» tiene un nombre hebreo que hoy reconocen millones de personas: Janucá. Es decir, Jesús y Janucá aparecen juntos en el Nuevo Testamento. El galileo al que el cristianismo asociaría siglos después con la Navidad estaba en Jerusalén, en pleno invierno, celebrando la fiesta judía de las luces.
No es un detalle decorativo. El evangelista menciona la fiesta para situar una de las discusiones más tensas de toda su narración. Rodeado por otros judíos en el pórtico del Templo, Jesús escucha una pregunta directa: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente» (Juan 10:24). Y esa pregunta no se formula en cualquier fecha, sino en la fiesta que recordaba cómo un puñado de judíos fieles había expulsado a un imperio extranjero y purificado el Templo profanado.
Aquí está lo que convierte este pasaje en una ventana única al mundo de Jesús: Janucá no está en la Biblia hebrea. Es una fiesta nacida apenas unos ciento noventa años antes de esa escena, en un tiempo de persecución religiosa, guerra y esperanza de liberación. Cuando Jesús camina por el pórtico de Salomón en Janucá, camina por un Templo que todavía conservaba la memoria de los Macabeos, bajo la mirada de los soldados de Roma. En este artículo vas a descubrir el origen de la fiesta, cómo se celebraba en el siglo I, qué significa su presencia en el Evangelio de Juan y por qué leer ese pasaje en su contexto judío lo ilumina por completo.
Este artículo forma parte de la guía sobre las fiestas judías en la vida de Jesús, donde se presenta el calendario sagrado que marcó su vida.
El origen de Janucá: Antíoco, los Macabeos y el Templo profanado
Para entender por qué Janucá importaba tanto en tiempos de Jesús, hay que retroceder al siglo II antes de nuestra era. Judea formaba parte entonces del reino seléucida, uno de los herederos del imperio de Alejandro Magno. Hacia el año 167 a. e. c., el rey Antíoco IV, que se hacía llamar Epífanes, «el dios manifiesto», tomó una decisión sin precedentes en la historia judía: prohibió la práctica del judaísmo.
El Primer libro de los Macabeos describe las medidas con detalle. Se prohibió la circuncisión, la observancia del Shabat y el estudio de la Torá. Se quemaron rollos de la Ley. Y en el Templo de Jerusalén se erigió un altar pagano sobre el altar de los holocaustos, lo que el texto llama «la abominación de la desolación» (1 Macabeos 1:54). Se ofrecieron sacrificios a Zeus Olímpico en el lugar más sagrado de Israel.
La revuelta de Matatías y Judas Macabeo
La resistencia comenzó en Modín, una aldea al noroeste de Jerusalén. Matatías, un sacerdote de la familia de los Asmoneos, se negó a sacrificar a los dioses del rey y mató a un judío que se disponía a hacerlo y al oficial que lo obligaba (1 Macabeos 2:15-25). Huyó a las montañas con sus cinco hijos y comenzó una guerra de guerrillas. Tras su muerte, el liderazgo pasó a su hijo Judas, apodado Makabí, probablemente «el martillo».
Contra todo pronóstico, Judas Macabeo derrotó en varias batallas a los ejércitos seléucidas y recuperó Jerusalén. Lo primero que hizo fue limpiar el Templo. El relato de 1 Macabeos 4:36-59 es emocionante: los combatientes encontraron el santuario desolado, el altar profanado, las puertas quemadas y la hierba creciendo en los atrios «como en un bosque». Derribaron el altar contaminado, guardaron sus piedras «hasta que viniera un profeta que decidiera qué hacer con ellas», construyeron uno nuevo con piedras sin labrar y volvieron a encender la menorá.
Ocho días de fiesta
El 25 del mes de Kislev del año 164 a. e. c., exactamente tres años después de la profanación, el Templo fue dedicado de nuevo. La palabra hebrea para «dedicación» es janucá. Y 1 Macabeos 4:56-59 añade un dato decisivo: celebraron la dedicación del altar durante ocho días, con alegría, y «Judas, sus hermanos y toda la asamblea de Israel establecieron que los días de la dedicación del altar se celebraran cada año, en su tiempo, durante ocho días, a partir del 25 del mes de Kislev».
El Segundo libro de los Macabeos ofrece una explicación de esos ocho días que suele sorprender. Dice que los celebraron «a la manera de la fiesta de las Cabañas», con ramos, palmas y cantos, recordando que poco antes habían pasado Sucot escondidos en las montañas y cuevas, «como animales salvajes» (2 Macabeos 10:6-8). Una carta incluida al comienzo del libro llega a llamarla «la fiesta de las Cabañas del mes de Kislev» (2 Macabeos 1:9). Janucá nació, en parte, como un Sucot recuperado.
Janucá en tiempos de Jesús: la fiesta de las luces
¿Cómo se celebraba Janucá en el siglo I, cuando Jesús paseaba por el Templo? Las fuentes de esa época son escasas pero valiosas, y conviene distinguirlas cuidadosamente de las costumbres posteriores.
El testimonio de Flavio Josefo
El historiador judío Flavio Josefo, que escribió a finales del siglo I, narra la purificación del Templo por Judas Macabeo y añade: «Desde entonces hasta hoy celebramos esta fiesta, que llamamos Luces» (Antigüedades judías 12.325). Josefo explica el nombre de una forma curiosa: según él, se llamaba así porque la libertad «brilló» para los judíos cuando menos lo esperaban. No menciona ningún milagro del aceite.
Este testimonio es muy importante, porque Josefo era contemporáneo de los primeros cristianos y conocía bien el Templo de Jerusalén, donde había servido como sacerdote. Nos dice que, en tiempos de Jesús, Janucá ya era una fiesta asentada y que la luz era su símbolo principal.
La Meguilat Taanit
Otra fuente antigua, la Meguilat Taanit o «Rollo de los ayunos», una lista en arameo de días en los que estaba prohibido ayunar por haber ocurrido en ellos algo alegre, incluye el 25 de Kislev y los ocho días siguientes. Este documento se remonta, en su núcleo, al período del Segundo Templo, y confirma que Janucá era un tiempo festivo reconocido por las autoridades religiosas.
¿Y el milagro del aceite?
La historia más conocida hoy sobre Janucá, la del pequeño frasco de aceite puro que alcanzó para ocho días en lugar de uno, procede del Talmud de Babilonia (Shabat 21b), redactado varios siglos después de Jesús. No aparece en los libros de los Macabeos ni en Josefo. Esto no significa que la tradición sea inventada, pero sí que no podemos dar por sentado que en el siglo I se contara de esa manera. Lo que sí sabemos es que la fiesta duraba ocho días, que estaba asociada a la luz y que recordaba la dedicación del altar y la restauración del culto.
El mismo pasaje del Talmud recoge una discusión entre las escuelas de Shamai y de Hilel, dos grandes maestros fariseos contemporáneos de la generación anterior a Jesús: la escuela de Shamai enseñaba encender ocho luces el primer día e ir disminuyendo; la escuela de Hilel, encender una el primer día e ir aumentando, porque «se asciende en santidad y no se desciende». Prevaleció la opinión de Hilel. Si la tradición conserva fielmente esta discusión, el debate sobre cómo encender las luces de Janucá ya existía en el mundo que conoció Jesús. Puedes saber más sobre estos maestros en el artículo sobre fariseos, saduceos y esenios.
Janucá en el Evangelio de Juan: la escena del pórtico
Volvamos ahora al texto del Evangelio. Juan 10:22-23 dice: «Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón». La palabra griega que el evangelista usa para la fiesta es ta enkainia, «la renovación» o «la inauguración», el mismo término que la traducción griega de la Biblia emplea para la dedicación del altar. No hay duda: se trata de Janucá.
«Era invierno»
Este pequeño detalle, «era invierno», tiene sentido narrativo y también histórico. Janucá cae en diciembre, cuando Jerusalén, situada a unos ochocientos metros de altitud, puede ser fría, ventosa y lluviosa. El pórtico de Salomón era una larga columnata cubierta en el lado oriental de la explanada del Templo. Allí la gente se resguardaba del viento del desierto. El libro de los Hechos cuenta que los primeros seguidores de Jesús se reunían en ese mismo lugar (Hechos 3:11; 5:12). Juan describe una escena que cualquier peregrino de la época habría reconocido.
«Si tú eres el Mesías, dínoslo»
Lo que ocurre a continuación cobra un nuevo sentido cuando recordamos qué celebraba Janucá. «Los judíos lo rodearon y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente» (Juan 10:24).
Janucá era la fiesta de una liberación nacional. Recordaba cómo unos líderes judíos habían vencido a un imperio pagano y purificado el Templo. Y ahora, en el mismo Templo, otro imperio pagano, Roma, dominaba Judea. Una guarnición romana vigilaba los atrios desde la Fortaleza Antonia, adosada a la esquina noroeste de la explanada. En ese contexto, la pregunta sobre si Jesús era el Mesías tenía una carga política y religiosa inmensa: ¿iba a ser un nuevo Judas Macabeo? El contexto de esa dominación se explica en el artículo sobre la ocupación romana de Judea y la vida religiosa.
La respuesta de Jesús en el Evangelio de Juan no habla de ejércitos ni de expulsar a Roma. Habla de ovejas que escuchan la voz de su pastor y de una vida que nadie puede arrebatar (Juan 10:25-30). Leída en Janucá, la escena muestra la distancia entre la expectativa macabea de un libertador político y el tipo de mesianismo que el evangelista atribuye a Jesús.
«Aquel a quien el Padre consagró»
Hay otro detalle que muchos estudiosos han relacionado con la fiesta. Pocos versículos después, Jesús se describe a sí mismo como aquel «a quien el Padre consagró y envió al mundo» (Juan 10:36). El verbo griego, hagiazo, significa «santificar» o «consagrar», y es el mismo campo semántico de la dedicación del altar. En la fiesta en que se recordaba la consagración del Templo, el evangelista pone en boca de Jesús una afirmación sobre su propia consagración. Para un lector judío del siglo I, el eco era evidente.
Las piedras
La escena termina con tensión: algunos de los presentes toman piedras para apedrearlo (Juan 10:31). Recordemos que en Janucá se celebraba precisamente la reconstrucción del altar con piedras nuevas, después de haber retirado las piedras profanadas. No sabemos si el evangelista pretendía este eco, pero ilustra lo cargado de simbolismo que estaba el escenario.
La «abominación de la desolación»: Janucá en las palabras de Jesús
La memoria de Janucá no aparece solo en Juan. En el discurso sobre el fin de los tiempos de los Evangelios sinópticos, Jesús advierte: «Cuando veáis la abominación de la desolación, de la que habló el profeta Daniel, instalada en el lugar santo, el que lea, que entienda» (Mateo 24:15; Marcos 13:14).
La expresión procede del libro de Daniel (9:27; 11:31; 12:11), que la mayoría de los estudiosos sitúa precisamente en la época de la persecución de Antíoco. Y el Primer libro de los Macabeos la aplica directamente al altar pagano que el rey instaló en el Templo. Para los oyentes de Jesús, hablar de la «abominación de la desolación» era evocar el peor momento de la historia del Templo, el que Janucá celebraba haber superado. Jesús usa esa memoria colectiva para advertir de una nueva profanación futura. Esta advertencia adquirió un significado trágico cuando, en el año 70, las legiones romanas destruyeron el Templo.
Los Asmoneos: de la liberación al poder
La historia de Janucá no terminó con la purificación del Templo. Los descendientes de Matatías, los Asmoneos, consiguieron la independencia de Judea y gobernaron durante casi un siglo. Pero la dinastía nacida de la resistencia religiosa terminó acumulando el cargo de sumo sacerdote y el de rey, algo que muchos judíos piadosos consideraron ilegítimo, porque los Asmoneos no descendían de la familia sacerdotal de Sadoc ni de la casa real de David.
Las tensiones con los fariseos fueron a veces violentas, y algunos estudiosos piensan que la comunidad de Qumrán, asociada a los esenios, nació en parte como reacción contra el sacerdocio asmoneo. Finalmente, las disputas internas de la dinastía abrieron la puerta a Roma: en el año 63 a. e. c., el general Pompeyo entró en Jerusalén. Poco después, Herodes el Grande, casado con una princesa asmonea, se hizo con el trono y terminó eliminando a los últimos miembros de la familia.
Cuando Jesús nació, por tanto, la gloria de los Macabeos era ya un recuerdo lejano. Janucá seguía celebrándose, pero bajo la sombra de Roma y de una dinastía, la herodiana, que muchos consideraban ajena. Esta paradoja ayuda a comprender la tensión de la escena de Juan 10: una fiesta de liberación celebrada en un pueblo que ya no era libre. El panorama completo de este período se explica en el artículo sobre el judaísmo del Segundo Templo.
¿Por qué Janucá no está en la Biblia hebrea?
Muchos lectores se sorprenden al descubrir que los libros de los Macabeos no forman parte de la Biblia hebrea. El canon judío de las Escrituras, el Tanaj, incluye solo libros escritos en hebreo o arameo que la tradición consideraba inspirados, y los Macabeos quedaron fuera.
Sin embargo, los dos libros sí se conservaron en la traducción griega de la Biblia, la Septuaginta, que usaron muchos judíos de habla griega y, después, los cristianos. Por eso forman parte del canon de la Iglesia católica y de las Iglesias ortodoxas, donde se los considera deuterocanónicos, mientras que la mayoría de las Biblias protestantes los omiten o los colocan en un apéndice. Paradójicamente, quien lee la historia de Janucá en una Biblia católica en español está leyendo un texto que la Biblia judía no incluye, pero cuya fiesta el pueblo judío celebra hasta hoy.
En la Mishná, la gran recopilación de la ley oral judía del siglo II, Janucá apenas se menciona de pasada, por ejemplo, al hablar de quién es responsable si la lámpara de Janucá colocada en la calle provoca un incendio (Mishná Bava Kama 6:6). La fiesta se desarrolla plenamente en el Talmud, siglos después. Para conocer cómo se formaron estas tradiciones orales, puedes leer el artículo sobre Jesús y la halajá.
Lo que Janucá no es: mitos frecuentes
- Janucá no es «la Navidad judía». La coincidencia en el calendario es casual. Janucá recuerda la dedicación del Templo en el siglo II a. e. c., y es considerada una fiesta menor dentro del judaísmo, sin la importancia de Pésaj o Yom Kipur.
- Jesús no «celebraba la Navidad». La celebración del nacimiento de Jesús el 25 de diciembre se estableció en el cristianismo romano en el siglo IV. Lo que sí atestigua el Evangelio de Juan es que Jesús estaba en Jerusalén durante Janucá.
- No sabemos con certeza si en el siglo I se encendían lámparas en las casas. Josefo habla de «Luces», y la tradición posterior describe el encendido doméstico, pero los detalles prácticos de la época de Jesús no están documentados con precisión.
- El milagro del aceite no aparece en las fuentes del siglo I. Es una tradición recogida en el Talmud babilónico. No contradice las fuentes antiguas, pero no se debe presentar como parte segura del relato original.
Cómo se celebra Janucá hoy
En la actualidad, Janucá se celebra durante ocho noches a partir del 25 de Kislev, una fecha que cae entre finales de noviembre y diciembre. Cada noche se enciende una luz más en la janukiá, el candelabro de ocho brazos más uno auxiliar, el shamash, con el que se encienden los demás. Se sigue la opinión de la escuela de Hilel: una luz la primera noche, dos la segunda, hasta llegar a ocho.
La janukiá se coloca junto a una ventana o a la puerta, para «publicar el milagro» ante quienes pasan por la calle. Se recitan bendiciones, se canta el himno Maoz Tzur y se añade a la oración un texto especial, Al hanisim, «Por los milagros», que recuerda la victoria de los Asmoneos. Es costumbre comer alimentos fritos en aceite, como los buñuelos llamados sufganiyot en Israel o las tortitas de patata, y los niños juegan con una peonza de cuatro caras, el sevivón o dreidel.
Si algún día visitas una casa judía en Janucá, verás encenderse las mismas luces que, de alguna forma, llevan iluminando el invierno de Jerusalén desde hace más de dos mil años, y recordarás que en uno de esos inviernos, según el Evangelio de Juan, Jesús caminaba por el pórtico de Salomón.
Por qué este pasaje importa para entender al Jesús histórico
La mención de Janucá en Juan 10 es uno de esos detalles que, leídos con atención, cambian la imagen general de Jesús. Muestra a un judío que subía a Jerusalén no solo en las grandes fiestas ordenadas por la Torá, sino también en una fiesta establecida por la tradición, de origen relativamente reciente. Muestra que su enseñanza se producía en el marco del calendario sagrado de su pueblo. Y muestra que las preguntas que le hacían, como la de si era el Mesías, estaban cargadas de la memoria histórica de Israel.
Este pasaje enlaza también con otros momentos del calendario que marcaron su vida. El mismo Evangelio de Juan sitúa a Jesús en Jerusalén durante las peregrinaciones de Pésaj y de Sucot, y para entender cómo se fijaba la fecha de cada fiesta, incluida Janucá, es útil conocer el calendario judío en tiempos de Jesús. La visión general de la figura de Jesús como maestro judío se desarrolla en la guía sobre Jesús, maestro judío de la Torá. Y la historia de cómo estos contextos se fueron olvidando en la memoria cristiana se cuenta en el artículo sobre cómo Jesús perdió su contexto judío.
Lecturas recomendadas
Si quieres seguir profundizando en el mundo religioso en el que vivió Jesús, sus fiestas, sus maestros y sus debates, te recomendamos El judaísmo de Jesús, de Mario Sabán, un estudio escrito en español que sitúa a Jesús dentro de la tradición judía de su tiempo y que complementa muy bien los temas que tratamos en este sitio.
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Preguntas frecuentes sobre Jesús y Janucá
¿Jesús celebró Janucá?
El Evangelio de Juan sitúa a Jesús en el Templo de Jerusalén durante «la fiesta de la Dedicación», en invierno (Juan 10:22-23). Esa fiesta es Janucá. El texto no describe cómo la celebró, pero indica que estaba en Jerusalén durante esos días y que enseñaba en el pórtico de Salomón.
¿Qué es la fiesta de la Dedicación en la Biblia?
Es el nombre que el Evangelio de Juan da a Janucá, en griego ta enkainia. Recuerda la purificación y nueva dedicación del Templo de Jerusalén por Judas Macabeo en el año 164 a. e. c., después de que el rey seléucida Antíoco IV lo profanara. Se relata en 1 Macabeos 4 y 2 Macabeos 10.
¿Por qué Janucá dura ocho días?
Según 1 Macabeos 4:56-59, la dedicación del altar se celebró durante ocho días y se estableció que se repitiera cada año. El Segundo libro de los Macabeos explica que se celebró a la manera de Sucot, que dura ocho días contando su conclusión. La explicación del milagro del aceite procede del Talmud, de varios siglos después.
¿Janucá está en la Biblia?
No en la Biblia hebrea. Su historia se cuenta en los libros de los Macabeos, que forman parte de la Biblia católica y ortodoxa, pero no del canon judío ni de la mayoría de las Biblias protestantes. La fiesta se menciona en el Nuevo Testamento, en Juan 10:22.
En el invierno de Jerusalén, bajo el pórtico de Salomón, un maestro galileo caminaba entre los peregrinos que celebraban la fiesta de las luces. Alrededor de él flotaba la memoria de un Templo profanado y recuperado, de unos héroes que habían vencido a un imperio, y una pregunta que nadie se atrevía a dejar sin respuesta. Leer ese momento en su contexto judío no le quita nada al Evangelio. Al contrario: le devuelve su luz original.