«A los cinco años, la Escritura; a los diez, la Mishná; a los trece, los mandamientos; a los quince, el Talmud». Así resume un antiguo dicho rabínico, recogido en el tratado Pirké Avot (5:21), el itinerario educativo de un niño judío. Es un programa de estudios que no tenía equivalente en el mundo antiguo: mientras en Roma y en Grecia la educación era un privilegio de las élites, el judaísmo aspiraba a que cada niño varón aprendiera a leer el texto sagrado de su pueblo. Y entre esos niños, en una pequeña aldea de Galilea, estaba Yeshúa de Nazaret.
Los evangelios cuentan muy poco de la infancia de Jesús. Pero sí conservan dos escenas que solo se entienden si conocemos la educación judía de su tiempo: un niño de doce años que deja asombrados a los maestros del Templo con sus preguntas y respuestas (Lucas 2:46-47), y un hombre adulto que entra en la sinagoga de su pueblo, recibe el rollo de Isaías, lo desenrolla, busca un pasaje y lo lee en voz alta (Lucas 4:16-20). Detrás de ambas escenas hay años de formación. En el pilar ¿Qué idioma hablaba Jesús? presentamos esta cuestión; aquí la desarrollamos a fondo.
Y hay un dato que lo resume todo: el historiador Flavio Josefo, contemporáneo de los apóstoles, escribió que los judíos se enorgullecían ante todo de la educación de sus hijos, y que si a cualquiera de ellos se le preguntaba por las leyes, las recitaba con más facilidad que su propio nombre, porque las había aprendido desde que tuvo uso de razón. En un mundo donde la gran mayoría de la gente no sabía leer, un pueblo entero había hecho del estudio un deber religioso.
El fundamento bíblico: «las enseñarás a tus hijos»
La educación judía nace de un mandamiento. El Shemá, la confesión de fe que todo judío recita dos veces al día, contiene esta orden: «Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:6-7).
La primera escuela, por tanto, era la casa, y el primer maestro, el padre. El Talmud lo formula así: el padre tiene la obligación de enseñar Torá a su hijo (Kidushín 29a). La madre, aunque la tradición no la presenta como maestra formal, era quien transmitía las oraciones, las bendiciones, las costumbres del Shabat y de las fiestas, y la lengua materna: en el caso de Jesús, el arameo.
Antes de ir a ninguna escuela, un niño judío de Galilea ya había aprendido mucho en casa: el Shemá, las bendiciones sobre el pan y el vino, los relatos de Pésaj contados en la mesa familiar, los cantos de las fiestas, la observancia del Shabat. Aprendía, sobre todo, viviendo la Torá. Y aprendía a llamar a su padre con la palabra aramea que Jesús usaría después para dirigirse a Dios, como explicamos en Abba: el significado de cómo Jesús llamaba a Dios. Las oraciones breves y rítmicas que se aprendían en casa son, además, el molde del que nace el Padre Nuestro en arameo.
El testimonio de Josefo y de Filón
Los dos grandes escritores judíos del siglo I, Josefo y Filón de Alejandría, coinciden en subrayar la importancia de la educación.
Josefo, en su obra Contra Apión, defiende el judaísmo ante sus críticos griegos y afirma que la Ley ordena enseñar a los niños las letras y les hace conocer las leyes y los hechos de sus antepasados, para que los imiten y no tengan excusa para ignorarlas (Contra Apión 2.204). En otro pasaje, presume de que los judíos aprenden la Ley desde la primera infancia y la llevan grabada en el alma (2.178).
Filón, por su parte, escribe que los judíos son instruidos desde la cuna por sus padres, maestros y educadores en las leyes sagradas, y que por eso las llevan en sus almas como imágenes. Ambos autores, aunque escriben con intención apologética, reflejan un ideal compartido: el pueblo judío como un pueblo que estudia.
Las escuelas en las aldeas: Shimón ben Shétaj y Yehoshúa ben Gamla
¿Había escuelas públicas en la época de Jesús? Las fuentes rabínicas conservan dos tradiciones sobre el origen de la enseñanza organizada.
La primera atribuye a Shimón ben Shétaj, un sabio del siglo I a. C., hermano de la reina asmonea Salomé Alejandra, la decisión de que los niños fueran a la escuela (Talmud de Jerusalén, Ketubot 8:11).
La segunda, más detallada, se encuentra en el Talmud de Babilonia (Bava Batra 21a). Cuenta que al principio solo los niños que tenían padre aprendían Torá, porque eran los padres quienes la enseñaban. Después se establecieron maestros en Jerusalén, pero solo podían ir los que vivían cerca. Luego se pusieron maestros en las capitales de cada distrito, para los jóvenes de dieciséis o diecisiete años, pero cuando el maestro se enfadaba con ellos, se marchaban. Finalmente, Yehoshúa ben Gamla —sumo sacerdote hacia el año 63-64 d. C.— estableció que se nombraran maestros en cada distrito y en cada ciudad, y que los niños entraran a los seis o siete años. Y el Talmud concluye: «Que su memoria sea recordada para bien, porque de no ser por él, la Torá se habría olvidado en Israel».
Los historiadores debaten cuánto hay de idealización en estas tradiciones. Es probable que en la época de Jesús no existiera todavía una red general y organizada de escuelas en cada aldea. Pero también es probable que, allí donde había una sinagoga, hubiera alguien que enseñaba a los niños a leer la Torá. La sinagoga era el centro natural de esa enseñanza, como explicamos en la sinagoga en tiempos de Jesús.
El bet sefer: la casa del libro
La escuela elemental se llamaba bet sefer, «casa del libro». El «libro» era, naturalmente, la Torá escrita. El maestro, llamado sofer («escriba») o melammed tinoqot, «maestro de niños», enseñaba a leer el texto hebreo.
Cómo se aprendía
El método se basaba en la lectura en voz alta, la repetición y la memorización. Los niños aprendían primero las letras del alfabeto hebreo, después a unirlas en palabras y luego a leer los versículos con su entonación tradicional. Como el texto hebreo bíblico se escribía solo con consonantes, sin vocales, leer correctamente exigía conocer de memoria cómo se pronunciaba cada palabra. Leer y memorizar eran, en la práctica, la misma cosa.
El Talmud insiste en la importancia de estudiar en voz alta y con melodía. Dice que quien lee sin melodía y estudia sin canto merece el reproche del profeta Ezequiel (Meguilá 32a). Y enseña que el maestro debe transmitir la enseñanza a su alumno de forma breve, para que la recuerde (Pesajim 3b).
Por qué se empezaba por el Levítico
Un dato sorprendente: según una tradición rabínica, los niños no empezaban a leer por el Génesis, sino por el Levítico, el libro de los sacrificios y de la pureza. El midrash explica la razón con una imagen bellísima: «Los niños son puros y los sacrificios son puros; que vengan los puros y se ocupen de las cosas puras» (Vayikrá Rabá 7:3).
El número de alumnos
El Talmud llega a regular el número de alumnos por maestro: veinticinco niños para un maestro; si son cuarenta, se le pone un ayudante; si son cincuenta, se nombran dos maestros (Bava Batra 21a). Más allá de su exactitud histórica para el siglo I, estas normas muestran una preocupación pedagógica sorprendentemente moderna.
El bet talmud y el bet midrash
Después del bet sefer, los alumnos que tenían capacidad y medios podían continuar.
El bet talmud o etapa de la Mishná («repetición») era el estudio de la Torá oral: las tradiciones, interpretaciones y normas prácticas que los sabios transmitían de memoria. En tiempos de Jesús, la Mishná aún no estaba escrita (se recopiló hacia el año 200 d. C.), pero el método de estudio, basado en la repetición de tradiciones orales, ya existía.
El bet midrash, «casa de estudio» o «casa de interpretación», era el lugar de los estudios superiores. Allí los alumnos discutían con un maestro el sentido de los textos, comparaban opiniones, planteaban preguntas y aprendían a razonar a partir de la Escritura. La palabra midrash viene del verbo darash, «buscar», «indagar»: estudiar era buscar el sentido.
La historia de Hillel en el tejado
El Talmud conserva una historia que muestra el valor que se daba al estudio. Hillel, que llegaría a ser uno de los sabios más grandes de la generación anterior a Jesús, era de joven un trabajador muy pobre. Ganaba una pequeña moneda al día; con la mitad mantenía a su familia y con la otra mitad pagaba al portero del bet midrash para poder entrar a escuchar a sus maestros, Shemayá y Avtalyón. Un viernes de invierno no ganó nada y el portero no le dejó pasar. Hillel subió al tejado y se tumbó junto a la claraboya para escuchar la lección. Nevó toda la noche. Al amanecer del Shabat, los maestros notaron que la sala estaba oscura, miraron hacia arriba y vieron a un hombre cubierto de nieve. Lo bajaron, lo lavaron, lo calentaron junto al fuego y dijeron: «Este merece que se profane el Shabat por él» (Yomá 35b).
La historia muestra un ideal: el estudio de la Torá estaba abierto incluso a los pobres, siempre que tuvieran pasión por aprender.
«A los cinco años, la Escritura»: el programa de Pirké Avot
Volvamos al dicho del principio, atribuido a Yehudá ben Temá en Pirké Avot (5:21). Su programa completo dice:
- A los cinco años, la Escritura (Miqrá).
- A los diez, la Mishná.
- A los trece, los mandamientos (mitsvot): la edad de la responsabilidad religiosa.
- A los quince, el Talmud (el estudio interpretativo).
- A los dieciocho, el matrimonio.
- A los veinte, para trabajar o ganarse la vida.
Este texto es posterior a Jesús, pero refleja una idea que ya existía: la madurez religiosa llega en torno a los trece años. La ceremonia del bar mitsvá tal como hoy la conocemos es medieval, pero la idea de que un muchacho asume las obligaciones de la Torá en torno a esa edad es antigua. Por eso resulta muy significativo que Lucas sitúe la escena de Jesús en el Templo a los doce años: justo en el umbral de la madurez religiosa, durante la peregrinación de Pésaj, que describimos en las fiestas judías en la vida de Jesús.
¿Y las niñas?
Las fuentes rabínicas muestran que las niñas recibían su educación principalmente en casa, y que la cuestión de enseñarles Torá formal era objeto de debate entre los sabios. La Mishná recoge dos opiniones opuestas: Ben Azzai afirmaba que un hombre debe enseñar Torá a su hija, mientras que Rabí Eliezer se oponía (Sotá 3:4).
Las mujeres conocían, sin embargo, las oraciones, las leyes de la vida familiar, del Shabat, de la pureza y de la alimentación, y transmitían a los hijos las tradiciones del pueblo. Los evangelios presentan a mujeres como María de Betania sentada a los pies de Jesús escuchando su enseñanza (Lucas 10:39), una postura típica del discípulo ante su maestro.
¿Cuántas personas sabían leer?
Aquí conviene ser realistas. Que el ideal judío fuera la educación universal no significa que todo el mundo supiera leer y escribir. La historiadora Catherine Hezser, en un estudio de referencia, estimó que la alfabetización en la Palestina romana era muy baja, quizá en torno al 3% de la población, sobre todo en las zonas rurales. Otros historiadores proponen cifras algo mayores.
Hay que distinguir varios niveles: saber leer un texto sagrado conocido, saber leer cualquier texto, saber escribir y saber componer textos. Muchos judíos de aldea podían seguir y reconocer la lectura de la Torá, recitar de memoria grandes partes de ella e incluso leer un pasaje en voz alta, sin dominar la escritura. La cultura judía del siglo I era, sobre todo, una cultura de la memoria y la oralidad apoyada en un texto sagrado.
La educación de Jesús según los evangelios
Con este contexto, las escenas evangélicas cobran todo su sentido.
El niño en el Templo
En Lucas 2:41-52, Jesús, a los doce años, se queda en Jerusalén tras la fiesta de Pésaj. Sus padres lo encuentran tres días después «sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas». La escena reproduce exactamente el método del bet midrash: escuchar y preguntar. El evangelista añade que «todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas». No es un niño que da lecciones, sino un alumno brillante en diálogo con los sabios.
La lectura en la sinagoga de Nazaret
En Lucas 4:16-20, ya adulto, Jesús entra en la sinagoga de Nazaret en Shabat, «conforme a su costumbre», se levanta a leer, recibe el rollo del profeta Isaías, lo desenrolla, encuentra el pasaje y lo lee. Después lo enrolla, lo devuelve al ayudante y se sienta para comentarlo. Toda la escena presupone la formación del bet sefer: la capacidad de leer el hebreo sin vocales y de encontrar un pasaje en un rollo sin capítulos ni versículos. La lectura de los profetas iba acompañada de una explicación, como contamos en ¿Qué es el Targum?.
«¿Cómo sabe este letras sin haber estudiado?»
En Juan 7:15, en Jerusalén, las autoridades se preguntan: «¿Cómo sabe este letras sin haber estudiado?». Y en Marcos 6:2-3, sus propios vecinos de Nazaret se asombran: «¿De dónde le vienen a este estas cosas? ¿No es este el artesano, el hijo de María?».
Estas reacciones no significan que Jesús fuera analfabeto. Significan que no había estudiado con un gran maestro reconocido de Jerusalén, como Pablo, que se formó «a los pies de Gamaliel» (Hechos 22:3). Jesús era un artesano galileo con la formación de su aldea, que enseñaba con una autoridad que sorprendía a los especialistas. Desarrollamos esta idea en Jesús, maestro judío de la Torá.
El método de Jesús como maestro
La formación judía de Jesús se nota en su forma de enseñar. Usaba los mismos recursos que los maestros de su tiempo:
- Preguntas y contrapreguntas, propias del debate del bet midrash.
- Parábolas, un género que los rabinos también cultivaron, como mostramos en las parábolas de Jesús y la tradición rabínica.
- Argumentos a partir de la Escritura, como el razonamiento «de lo menor a lo mayor» (qal vajómer), una de las reglas clásicas de interpretación atribuidas a Hillel.
- Frases breves, rítmicas y memorables, diseñadas para ser recordadas, siguiendo el consejo de enseñar de forma concisa.
Y formó a un grupo de discípulos (talmidim), cuyos nombres repasamos en los nombres de los apóstoles en hebreo, que lo seguían, aprendían de su palabra y de su ejemplo, y tenían la misión de transmitir su enseñanza. Era el modelo clásico de la relación entre maestro y discípulo en el judaísmo, el mismo que encontramos en Jesús y la halajá.
Preguntas frecuentes sobre la educación judía en tiempos de Jesús
¿Fue Jesús a la escuela?
Es muy probable que recibiera la formación básica del bet sefer asociado a la sinagoga de Nazaret, o al menos de un maestro local, además de la enseñanza en casa. Su capacidad para leer el rollo de Isaías (Lucas 4) lo presupone.
¿Qué era el bet sefer?
La «casa del libro»: la escuela elemental donde los niños aprendían a leer y memorizar la Torá en hebreo, generalmente a partir de los cinco o seis años.
¿Qué era el bet midrash?
La «casa de estudio» o de interpretación, donde los alumnos más avanzados estudiaban y discutían el sentido de las Escrituras y de la Torá oral con un maestro.
¿A qué edad empezaban a estudiar los niños judíos?
Según Pirké Avot (5:21), a los cinco años comenzaban con la Escritura. El Talmud menciona los seis o siete años para la escuela organizada (Bava Batra 21a).
¿Sabía leer Jesús?
Los evangelios lo presentan leyendo públicamente en la sinagoga (Lucas 4:16-20), lo que indica al menos una alfabetización religiosa funcional en hebreo, aunque no hubiera estudiado con un gran maestro de Jerusalén.
Conclusión: un pueblo que estudia
La infancia de Yeshúa transcurrió en un pueblo que había hecho del estudio de la Torá un deber sagrado. En su casa aprendió el arameo y las oraciones; en la sinagoga, el hebreo de la Escritura; en las fiestas, la memoria de su pueblo. Todo ese aprendizaje se nota en el maestro adulto: en su forma de leer, de preguntar, de argumentar y de contar parábolas.
Para seguir explorando la lengua de esa formación, puedes leer ¿Qué es el Targum? o volver al panorama completo en ¿Qué idioma hablaba Jesús?.
Ruta de estudio: la lengua de Jesús
Este artículo forma parte de la serie sobre el idioma de Yeshúa. Puedes recorrerla completa en este orden:
- ¿Qué idioma hablaba Jesús? Arameo, hebreo y el mundo lingüístico de Galilea (pilar)
- ¿Cómo se llamaba Jesús en realidad? Yeshúa, su nombre en hebreo y arameo
- El Padre Nuestro en arameo: reconstrucción, significado y raíces judías
- «Eloi, Eloi, lema sabachthani»: qué significa y por qué Jesús lo dijo en arameo
- Palabras arameas en el Nuevo Testamento: Talitha kum, Effatha, Maranatha y otras huellas de la voz de Jesús
- Abba: el significado de la palabra con la que Jesús llamaba a Dios
- ¿Se sigue hablando arameo hoy? Maalula y las comunidades que conservan la lengua de Jesús
- Los nombres de los apóstoles en hebreo y arameo: Shimón, Yaakov, Yojanán y los Doce
- La educación de un niño judío en tiempos de Jesús: del bet sefer al bet midrash (estás aquí)
- ¿Qué es el Targum? Las traducciones arameas de la Torá en la sinagoga de Jesús