¿Cómo se llamaba Jesús en realidad? Yeshúa, su nombre en hebreo y arameo
Nadie en Nazaret lo llamó «Jesús». Su madre lo llamaba Yeshúa, un nombre hebreo cargado de historia que el griego y el latín transformaron hasta hacerlo irreconocible.
Nadie en Nazaret lo llamó «Jesús». Su madre lo llamaba Yeshúa, un nombre hebreo cargado de historia que el griego y el latín transformaron hasta hacerlo irreconocible.
El Padre Nuestro no nació en latín ni en griego. Nació en arameo, en boca de un maestro judío, y casi cada una de sus frases tiene un eco en las oraciones de la sinagoga.
Fue el grito más desgarrador de los evangelios, y los evangelistas no se atrevieron a traducirlo. Detrás de él hay un salmo entero, una lengua materna y una esperanza que la cruz no apagó.
El Nuevo Testamento está escrito en griego, pero está lleno de palabras arameas que nadie se atrevió a traducir. Son fósiles de la voz de Jesús y de la Galilea en la que vivió.
En la noche más oscura de su vida, Jesús no llamó a Dios con un título solemne. Lo llamó «Abba». Qué significa realmente esta palabra y qué dicen las fuentes judías sobre ella.
La lengua en que Jesús habló a sus discípulos no ha desaparecido. Sobrevive en un puñado de aldeas de montaña, en la liturgia de iglesias antiguas y en la oración judía de cada día.
Pedro se llamaba Shimón, Santiago se llamaba Yaakov y Juan era Yojanán. Los nombres de los Doce esconden la memoria de los Macabeos, apodos con humor y una Galilea profundamente judía.
A los cinco años, la Escritura; a los diez, la Mishná; a los trece, los mandamientos. Así describen los sabios la formación de un niño judío, y así podemos imaginar la infancia de Yeshúa en Nazaret.
En la sinagoga de Nazaret, la Torá se leía en hebreo, pero se explicaba en arameo. Esa traducción viva, el Targum, es una de las claves menos conocidas para entender las palabras de Jesús.