Cada día, cientos de millones de personas rezan el Padre Nuestro en decenas de idiomas. Pero casi ninguna sabe que la primera vez que esas palabras se pronunciaron no sonaban en latín ni en griego, sino en arameo galileo, en boca de un maestro judío rodeado de pescadores. Y que esa oración, tan universal hoy, era profundamente judía: casi cada una de sus frases tiene un eco en las plegarias que ya se recitaban en las sinagogas de Galilea y en el Templo de Jerusalén.
En este artículo vamos a intentar algo que la mayoría de los cristianos nunca ha hecho: escuchar el Padre Nuestro en la lengua de Jesús. Para ello hay que reconstruirlo, porque no conservamos ningún texto arameo original. Lo que sí tenemos son las dos versiones griegas de los evangelios, las traducciones siríacas antiguas y un conocimiento cada vez más preciso del arameo que se hablaba en Galilea, como explicamos en el pilar ¿Qué idioma hablaba Jesús?.
Y hay un hallazgo que cambia la forma de leer la oración: en arameo, la palabra para «deuda» y la palabra para «pecado» eran la misma. Cuando Jesús enseñó a pedir «perdónanos nuestras deudas», no estaba hablando de dinero ni de culpas abstractas: estaba usando un término que en su lengua significaba las dos cosas a la vez. Esa ambigüedad, que el griego no pudo conservar, explica por qué Mateo escribe «deudas» y Lucas escribe «pecados». Ambos tenían razón.
Dos versiones griegas de una misma oración
El Padre Nuestro aparece en dos evangelios, y no exactamente igual.
En Mateo 6:9-13, forma parte del Sermón del Monte y tiene siete peticiones: santificación del Nombre, venida del Reino, cumplimiento de la voluntad divina, pan, perdón, protección frente a la prueba y liberación del mal.
En Lucas 11:2-4, es más breve. Empieza simplemente con «Padre», sin «nuestro que estás en los cielos», y tiene cinco peticiones. Lucas lo sitúa en otro contexto: un discípulo le pide a Jesús que les enseñe a orar «como Juan enseñó a sus discípulos».
Este último detalle es revelador. En el judaísmo del Segundo Templo, era habitual que un maestro enseñara a su círculo de discípulos una oración característica. Los rabinos posteriores conservaron varias de esas oraciones breves, compuestas por maestros concretos (el Talmud de Babilonia, en Berajot 16b-17a, recoge las oraciones personales de varios sabios). El Padre Nuestro encaja perfectamente en esta tradición: es la oración del grupo de Yeshúa, del mismo modo que había oraciones propias del grupo de Juan el Bautista.
La mayoría de los especialistas cree que Lucas conserva la extensión más antigua y Mateo la formulación más cercana a la liturgia judía, con la invocación completa «Padre nuestro que estás en los cielos», que es una fórmula típicamente rabínica.
La reconstrucción del Padre Nuestro en arameo
No existe un manuscrito arameo del Padre Nuestro del siglo I. Lo que presentamos a continuación es una reconstrucción académica, del tipo propuesto por el exégeta alemán Joachim Jeremias y discutido después por otros especialistas como Matthew Black y Maurice Casey. Se basa en el arameo palestino de la época y en el texto breve de Lucas, con las adiciones de Mateo. Las transliteraciones son aproximadas: los estudiosos discrepan en detalles de vocalización.
- Abba — «Padre»
- yitqaddash shemakh — «santificado sea tu nombre»
- tete malkhutakh — «venga tu reino»
- lajmán delimjar hab lan yomá den — «nuestro pan de mañana dánoslo hoy»
- ushbuq lan jobaynan — «y perdónanos nuestras deudas»
- kedishbaqnan lejayyabaynan — «como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores»
- velá ta‘elinnan lenisyón — «y no nos hagas entrar en la prueba»
Leída en voz alta, la oración tiene algo que se pierde en todas las traducciones: ritmo y rima. Varias líneas terminan en -akh («tu»), otras en -an («nuestro», «a nosotros»). Es una oración hecha para ser memorizada, recitada en voz alta, transmitida oralmente. Esa misma cualidad mnemotécnica aparece en la enseñanza de Jesús en general, como explicamos en las parábolas de Jesús y la tradición rabínica.
«Abba»: la invocación que lo cambia todo
La versión de Lucas comienza con una sola palabra: «Padre». Detrás de ella, casi con seguridad, está el arameo Abba, la misma palabra que Jesús pronunció en Getsemaní (Marcos 14:36) y que las primeras comunidades cristianas, incluso las de habla griega, conservaron sin traducir (Romanos 8:15; Gálatas 4:6).
Llamar «Padre» a Dios no era una novedad en el judaísmo. La Biblia hebrea ya lo hace: «Tú eres nuestro Padre» (Isaías 63:16; 64:8). Y la Mishná recoge la expresión «nuestro Padre que está en los cielos» (Avinu shebashamáyim) en boca de Rabí Akiva (Yomá 8:9) y en un pasaje sobre las calamidades de los últimos tiempos, que termina preguntando: «¿En quién podremos apoyarnos? En nuestro Padre que está en los cielos» (Sotá 9:15).
Lo que sí resulta llamativo es el uso de Abba —la forma familiar, la que usaban los hijos en casa— como invocación directa en la oración. Hemos dedicado un artículo completo a esta palabra: Abba, el significado de cómo Jesús llamaba a Dios.
Santificado sea tu nombre: el eco del Kaddish
Las dos primeras peticiones del Padre Nuestro tienen un paralelo asombroso en una de las oraciones más antiguas y queridas del judaísmo: el Kaddish, que hasta hoy se recita en arameo en todas las sinagogas del mundo. Su comienzo dice:
Yitgaddal veyitqaddash shemeh rabbá… veyamlikh malkhuteh.
Es decir: «Engrandecido y santificado sea su gran Nombre… y establezca su Reino».
Las coincidencias son evidentes: la santificación del Nombre (yitqaddash shem), seguida inmediatamente de la petición del Reino (malkhutá). Y en la misma lengua, el arameo. La forma exacta del Kaddish que se reza hoy es posterior, pero sus elementos centrales son antiguos y muchos especialistas los remontan a la época del Segundo Templo, al ámbito de las academias de estudio, donde se recitaba al terminar una lección.
Esto no significa que Jesús copiara el Kaddish ni que el Kaddish copiara a Jesús. Significa algo más interesante: que ambos nacen del mismo suelo espiritual. El Padre Nuestro es una oración del judaísmo del Segundo Templo, formulada en sus mismas categorías: el Nombre, el Reino, la santificación. Es el mundo que describimos en el judaísmo del Segundo Templo.
«Venga tu reino»: la esperanza de Israel
La expresión «reino de Dios» —en arameo malkhutá dí Elahá, en hebreo maljut shamáyim, «reino de los cielos»— es el centro de la predicación de Jesús. Pero tampoco era una expresión inventada por él.
En la tradición rabínica, «aceptar el yugo del reino de los cielos» (qabbalat ‘ol maljut shamáyim) es el nombre que se da a la recitación diaria del Shemá: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno» (Deuteronomio 6:4). La Mishná lo explica así: primero se acepta el yugo del Reino, luego el yugo de los mandamientos (Berajot 2:2).
Para un judío del siglo I, pedir que «venga el Reino» era pedir que Dios reinara efectivamente sobre Israel y sobre el mundo, y no Roma ni sus gobernantes, cuya presencia describimos en la ocupación romana de Judea. Era una oración espiritual y, al mismo tiempo, una oración cargada de esperanza histórica.
El misterio del pan «de cada día»
La petición del pan esconde uno de los enigmas más famosos de la filología del Nuevo Testamento. El texto griego dice ton arton hēmōn ton epiousion, y la palabra epiousios no aparece en ningún otro texto griego conocido de la Antigüedad. Es posible que el evangelista tuviera que inventarla para traducir una expresión aramea.
Hay dos interpretaciones principales:
- «Pan de cada día» o «pan necesario»: la lectura tradicional, que entiende epiousios como «lo suficiente para el día».
- «Pan de mañana»: la lectura que apoya un dato muy antiguo. San Jerónimo, en el siglo IV, afirma que en el llamado Evangelio de los Hebreos, escrito en una lengua semítica, la palabra era mahar, «mañana». De ahí la reconstrucción aramea lajmán delimjar, «nuestro pan de mañana».
La segunda lectura evoca de inmediato el maná del desierto (Éxodo 16), que caía cada día en la cantidad justa y no se podía acumular, salvo el viernes, cuando se recogía doble ración para el Shabat. Pedir «el pan de mañana, hoy» tiene sentido para un jornalero galileo que no sabe si mañana tendrá trabajo, y también para un creyente que espera el gran banquete del Reino. Ambas dimensiones, la material y la espiritual, conviven en la oración judía.
Deudas, pecados y perdón: la clave aramea
Volvemos al hallazgo del principio. En arameo, la palabra jobá (חובא) significa «deuda», pero se usaba de forma habitual para hablar del «pecado», entendido como una deuda contraída con Dios. El verbo shebaq significa «soltar», «dejar ir», «perdonar», y se aplicaba tanto a las deudas económicas como a las ofensas.
Por eso Mateo traduce literalmente «perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6:12), mientras que Lucas explica el sentido para sus lectores griegos: «perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe» (Lucas 11:4). Lucas cambia la primera palabra, pero deja la segunda en el campo de la deuda. Es la huella visible de un original arameo.
Este lenguaje tiene raíces profundas en la Torá. El año sabático (shemitá) obligaba a perdonar las deudas cada siete años (Deuteronomio 15:1-2), y el jubileo devolvía la tierra a sus familias. El perdón, en la cultura de Jesús, no era solo un sentimiento: era una práctica social y económica concreta. La condición del Padre Nuestro —recibir perdón en la medida en que se perdona— conecta con la enseñanza del Sirácida, un libro sapiencial judío del siglo II a. C.: «Perdona la ofensa a tu prójimo, y entonces, cuando ores, te serán perdonados tus pecados» (Eclesiástico 28:2).
«No nos dejes caer en la tentación»: qué significa realmente
La última petición del texto breve ha generado debates durante siglos, y en algunas iglesias se ha modificado recientemente su traducción. El griego dice literalmente «no nos introduzcas en la prueba» (mē eisenenkēs hēmas eis peirasmon).
En la tradición judía, Dios «prueba» a sus fieles sin que eso implique empujarlos al mal: así probó a Abraham (Génesis 22:1). Los rabinos, sin embargo, enseñaban a pedir no ser llevados a la prueba. Una oración de la mañana que el Talmud atribuye a la práctica de los sabios (Berajot 60b) y que se conserva hoy en el libro de oraciones judío pide precisamente: «No nos traigas al poder del pecado, ni al poder de la transgresión, ni al poder de la prueba (nisayón)».
La palabra hebrea es la misma raíz que el arameo nisyón de la reconstrucción. La petición del Padre Nuestro no supone que Dios tiente al ser humano —la carta de Santiago lo niega expresamente (Santiago 1:13)—, sino que expresa una súplica clásica de la piedad judía: «no nos expongas a situaciones que no podamos resistir».
La doxología final: un añadido litúrgico
Muchas personas terminan el Padre Nuestro con la frase «porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre». Esa conclusión no aparece en los manuscritos griegos más antiguos de Mateo ni en ningún manuscrito de Lucas. Aparece en la Didajé, un manual cristiano de finales del siglo I o principios del II, y fue añadida después en muchos manuscritos.
Su origen, sin embargo, es plenamente judío. Reproduce casi palabra por palabra la bendición del rey David en 1 Crónicas 29:11: «Tuya es, Señor, la grandeza, el poder, la gloria… tuyo es el reino». Y responde a una costumbre de la liturgia del Templo: según la Mishná (Yomá 6:2), cuando el pueblo oía pronunciar el Nombre divino, respondía «Bendito sea el nombre de la gloria de su reino por siempre jamás». La doxología es, por tanto, una respuesta litúrgica judía que la Iglesia primitiva incorporó a la oración.
¿Y el Padre Nuestro en siríaco? El «Abwun» de internet
En internet circula mucho una versión que empieza con «Abwun d’bwashmaya», presentada a menudo como «el Padre Nuestro en el arameo original de Jesús», y acompañada de traducciones místicas muy libres. Conviene aclarar de dónde viene.
Ese texto procede de la Peshitta, la traducción de la Biblia al siríaco, un dialecto del arameo oriental usado en Edesa (en la actual Turquía) y en las iglesias de Mesopotamia. La Peshitta se elaboró entre los siglos II y V, traduciendo desde el griego. Es un testimonio venerable, todavía en uso litúrgico en las iglesias siríacas, y su lengua es pariente cercana de la de Jesús. Pero no es el arameo galileo que él hablaba, ni conserva su oración original: es una traducción posterior de los evangelios griegos.
Las traducciones «místicas» que convierten Abwun en «Madre-Padre del cosmos» o expresiones similares no tienen base filológica. Abun significa sencillamente «Padre nuestro». La belleza de la oración no necesita adornos: está en su sencillez. Si te interesa la supervivencia actual de estas lenguas, la contamos en ¿se sigue hablando arameo hoy?.
Rezar como un discípulo judío
El Padre Nuestro es, quizá, el texto que mejor demuestra que Jesús no fundó una religión ajena al judaísmo, sino que enseñó a sus discípulos a orar con las palabras, las imágenes y las esperanzas de Israel. El Nombre, el Reino, el pan, el perdón de las deudas y la prueba son temas de la Torá, de los profetas y de la liturgia del Segundo Templo, que el maestro de Nazaret condensó en una oración breve, rítmica y fácil de recordar.
Esta oración es inseparable de los lugares donde se rezaba: la casa y la sinagoga, y de los tiempos sagrados que la enmarcaban, desde el Shabat hasta las fiestas judías. Y es inseparable de la figura que la enseñó: Yeshúa, maestro judío de la Torá.
Preguntas frecuentes sobre el Padre Nuestro en arameo
¿Existe el texto original del Padre Nuestro en arameo?
No. No se conserva ningún manuscrito arameo del siglo I. Lo que existe son reconstrucciones académicas basadas en el arameo palestino de la época y en los textos griegos de Mateo y Lucas.
¿Cómo empieza el Padre Nuestro en arameo?
La reconstrucción más aceptada empieza con Abba, «Padre», seguido de yitqaddash shemakh, «santificado sea tu nombre».
¿«Abwun d’bwashmaya» es el arameo de Jesús?
No exactamente. Es el comienzo del Padre Nuestro en siríaco, de la traducción Peshitta (siglos II-V). El siríaco es un dialecto arameo oriental, pariente del galileo, pero no es la lengua exacta de Jesús.
¿Por qué Mateo dice «deudas» y Lucas «pecados»?
Porque en arameo la palabra jobá significaba las dos cosas. Mateo tradujo literalmente; Lucas explicó el sentido para lectores griegos.
¿El Padre Nuestro tiene origen judío?
Sí. Sus peticiones tienen paralelos claros en el Kaddish, en las bendiciones de la Amidá y en otras oraciones judías del período del Segundo Templo.
Conclusión: la oración de un maestro judío
Escuchar el Padre Nuestro en arameo es escuchar a Yeshúa enseñando a orar a un grupo de galileos, en su propia lengua, con palabras que sus oyentes conocían desde niños. No es una oración extranjera al judaísmo: es una de sus expresiones más bellas y concentradas.
Para seguir explorando la voz original de Jesús, puedes continuar con las palabras arameas del Nuevo Testamento o volver al panorama completo en ¿Qué idioma hablaba Jesús?.
Ruta de estudio: la lengua de Jesús
Este artículo forma parte de la serie sobre el idioma de Yeshúa. Puedes recorrerla completa en este orden:
- ¿Qué idioma hablaba Jesús? Arameo, hebreo y el mundo lingüístico de Galilea (pilar)
- ¿Cómo se llamaba Jesús en realidad? Yeshúa, su nombre en hebreo y arameo
- El Padre Nuestro en arameo: reconstrucción, significado y raíces judías (estás aquí)
- «Eloi, Eloi, lema sabachthani»: qué significa y por qué Jesús lo dijo en arameo
- Palabras arameas en el Nuevo Testamento: Talitha kum, Effatha, Maranatha y otras huellas de la voz de Jesús
- Abba: el significado de la palabra con la que Jesús llamaba a Dios
- ¿Se sigue hablando arameo hoy? Maalula y las comunidades que conservan la lengua de Jesús
- Los nombres de los apóstoles en hebreo y arameo: Shimón, Yaakov, Yojanán y los Doce
- La educación de un niño judío en tiempos de Jesús: del bet sefer al bet midrash
- ¿Qué es el Targum? Las traducciones arameas de la Torá en la sinagoga de Jesús