Durante siglos se ha repetido que Pablo de Tarso fue el hombre que convirtió el mensaje de un rabino galileo en una religión nueva, separada y hasta opuesta al judaísmo. Pero hay un problema con esa idea: el propio Pablo nunca dijo tal cosa. En la última carta que escribió con seguridad, años después de su conversión, se presenta como «circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo» (Filipenses 3:5). No habla en pasado de su identidad judía. La afirma.
Este artículo forma parte del silo sobre la helenización del cristianismo primitivo, y Pablo ocupa en él un lugar central. No porque fuera el responsable de la desjudaización de Jesús, sino porque sus cartas, leídas fuera de su contexto judío por generaciones de cristianos gentiles, se convirtieron en el principal instrumento de esa desjudaización. Distinguir entre el Pablo histórico y el Pablo que la tradición posterior construyó es una tarea imprescindible.
Y aquí está el giro que ha revolucionado los estudios paulinos en las últimas décadas: un número creciente de especialistas, judíos y cristianos, sostiene hoy que Pablo nunca dejó de ser judío ni pidió a otros judíos que abandonaran la Torá. Lo que defendió fue algo mucho más específico y, para su tiempo, mucho más judío: que en la era mesiánica las naciones podían unirse al Dios de Israel sin convertirse en judías. La investigadora Pamela Eisenbaum resumió esta revolución en el título de un libro provocador: Paul Was Not a Christian, «Pablo no era cristiano».
Respuesta breve: Pablo de Tarso (c. 5-10 d.C. – c. 64-67 d.C.) fue un judío de la diáspora, de formación farisea, que tras una experiencia visionaria de Jesús resucitado se convirtió en el principal misionero del movimiento entre los gentiles. Sus siete cartas auténticas son los textos cristianos más antiguos conservados. La investigación reciente, desde la «Nueva Perspectiva» de E. P. Sanders y James Dunn hasta la corriente «Pablo dentro del judaísmo», sostiene que su debate no era sobre si los judíos debían abandonar la Torá, sino sobre los términos en que los gentiles podían incorporarse al pueblo de Dios.
Shaúl de Tarso: un judío de la diáspora
Pablo nació en Tarso, capital de Cilicia, en la actual Turquía, una ciudad próspera y conocida por sus escuelas de filosofía. Su nombre judío era Shaúl, Saulo, el mismo que el primer rey de Israel, también de la tribu de Benjamín. «Pablo» (Paulus) era un nombre latino que probablemente usaba en contextos grecorromanos, una costumbre habitual entre los judíos de la diáspora, que solían tener un nombre hebreo y otro griego o latino. No se trata, como a veces se dice, de un cambio de nombre tras su conversión: Hechos 13:9 simplemente señala «Saulo, que también es Pablo».
Según Hechos, Pablo era ciudadano romano de nacimiento (22:28) y se había educado en Jerusalén «a los pies de Gamaliel», el gran maestro fariseo (22:3). Las cartas de Pablo no mencionan estos datos, por lo que algunos historiadores los consideran inciertos. Pero sus cartas sí confirman lo esencial: Pablo era judío, israelita, descendiente de Abraham, de la tribu de Benjamín (Romanos 11:1; 2 Corintios 11:22), y había sido fariseo y celoso de las tradiciones de sus padres (Gálatas 1:14).
Pablo pensaba, escribía y argumentaba en griego, y utilizaba la traducción griega de la Biblia, la Septuaginta. Pero su manera de argumentar a partir de las Escrituras recuerda constantemente a las técnicas de interpretación judías de su tiempo, como la combinación de textos o el razonamiento «de lo menor a lo mayor», el qal va-jómer de la tradición rabínica. Pablo es un ejemplo perfecto de lo que significaba ser judío helenista en el siglo I, una figura a caballo entre el mundo del judaísmo del Segundo Templo y la cultura griega del Mediterráneo.
Pablo el fariseo: celo por la Torá
Los fariseos eran una corriente del judaísmo caracterizada por su interpretación detallada de la Torá, su aceptación de tradiciones orales y su creencia en la resurrección de los muertos. Explicamos sus rasgos en nuestro artículo sobre fariseos, saduceos y esenios. Pablo pertenecía a esa corriente y, según él mismo, superaba en celo a muchos de sus contemporáneos.
Ese celo lo llevó a perseguir a los seguidores de Jesús. Pablo lo reconoce sin rodeos: «perseguía sobremanera a la iglesia de Dios y la asolaba» (Gálatas 1:13). Los historiadores discuten qué motivaba exactamente esa persecución. Una hipótesis frecuente es que le escandalizaba la proclamación de un Mesías crucificado, ya que la Torá declara maldito «al que es colgado de un madero» (Deuteronomio 21:23, citado en Gálatas 3:13). Otra posibilidad es que le preocupara la apertura de algunos seguidores de Jesús, sobre todo los helenistas, a los gentiles sin exigirles la conversión.
En cualquier caso, la persecución de Pablo es un conflicto dentro del judaísmo. Hechos lo presenta solicitando cartas del sumo sacerdote para arrestar a los del «Camino» en las sinagogas de Damasco (Hechos 9:2), un nombre que analizamos en el artículo sobre los primeros cristianos y «el Camino».
Damasco: ¿conversión o vocación profética?
Hacia el año 33-36, Pablo vivió la experiencia que cambió su vida. Hechos la narra tres veces con variantes: una luz del cielo, una voz que le dice «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?», la ceguera temporal y el bautismo en Damasco (Hechos 9, 22 y 26). Pablo la describe de forma mucho más sobria: Dios «tuvo a bien revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciase entre los gentiles» (Gálatas 1:15-16).
En 1963, el teólogo sueco Krister Stendahl publicó un artículo que cambió la manera de leer este episodio: «El apóstol Pablo y la conciencia introspectiva de Occidente». Stendahl señalaba que Pablo no describe su experiencia como una conversión de una religión a otra, ni como la liberación de una conciencia atormentada por la culpa, sino como una llamada profética. Las palabras de Gálatas evocan deliberadamente la vocación de Jeremías («antes que te formase en el vientre te conocí… te di por profeta a las naciones», Jeremías 1:5) y del siervo de Isaías 49. Pablo se ve a sí mismo como un profeta judío enviado a los gentiles, no como alguien que abandona el judaísmo.
Esta lectura tiene consecuencias enormes. Si Pablo no se «convirtió» al cristianismo, porque el cristianismo como religión separada todavía no existía, su experiencia debe entenderse como un cambio dentro del judaísmo: pasó de perseguir a los que creían que Jesús era el Mesías a creerlo él mismo, y recibió la misión específica de llevar ese anuncio a las naciones.
El apóstol de los gentiles: el núcleo del debate
Para entender a Pablo hay que tener presente una idea que recorre todas sus cartas: él escribe a comunidades formadas mayoritariamente por gentiles. Sus destinatarios en Tesalónica, Corinto, Galacia o Filipos eran antiguos paganos que habían abandonado a sus dioses para adorar al Dios de Israel a través de Jesús. Cuando Pablo habla de la Ley, de la circuncisión o de las obras, lo hace casi siempre pensando en ellos, no en los judíos.
La pregunta que se debatía era: ¿deben estos gentiles circuncidarse y adoptar toda la Torá para pertenecer plenamente al pueblo de Dios? Algunos misioneros judíos seguidores de Jesús decían que sí. Pablo respondía con un rotundo no. Su argumento era escatológico: con la resurrección de Jesús había comenzado la era mesiánica anunciada por los profetas, en la que las naciones se volverían al Dios de Israel como naciones, sin convertirse en judías. Si los gentiles se circuncidaban, negarían en la práctica que esa nueva era había llegado.
Por eso Pablo puede escribir frases durísimas sobre la circuncisión, como en Gálatas 5:2-4, dirigidas a gentiles tentados de circuncidarse, y al mismo tiempo afirmar que la circuncisión «aprovecha si guardas la Ley» (Romanos 2:25) o que cada uno debe permanecer en la condición en que fue llamado: el circuncidado, circuncidado, y el incircunciso, incircunciso (1 Corintios 7:17-20). La solución del Concilio de Jerusalén iba en la misma dirección.
La Nueva Perspectiva sobre Pablo
Durante siglos, especialmente desde la Reforma protestante, se leyó a Pablo a través de un esquema: el judaísmo sería una religión de méritos, en la que el hombre intentaba ganarse la salvación cumpliendo la Ley, y Pablo habría descubierto que la salvación es un don gratuito de Dios recibido por la fe. Esta lectura se convirtió en el fundamento de innumerables caricaturas del judaísmo como religión legalista.
En 1977, el estudioso estadounidense E. P. Sanders publicó Paul and Palestinian Judaism, una obra que demolió ese esquema. Tras analizar la literatura judía del periodo —rabínica, Qumrán, apócrifos—, Sanders concluyó que el judaísmo del Segundo Templo no era una religión de méritos. Su estructura era lo que él llamó «nomismo de la alianza»: Dios elige a Israel por gracia, establece una alianza con él, y el cumplimiento de la Ley es la respuesta del pueblo elegido para permanecer en esa alianza, no un medio para ganarse la salvación.
A partir de Sanders, el británico James D. G. Dunn acuñó en 1982 la expresión «Nueva Perspectiva sobre Pablo». Según Dunn, cuando Pablo critica las «obras de la Ley», no se refiere al esfuerzo moral en general, sino a las prácticas que marcaban la identidad judía frente a los gentiles: la circuncisión, las normas alimentarias y el Shabat. Pablo no se opone al judaísmo; se opone a que esas marcas de identidad se conviertan en requisito para que los gentiles entren en la comunidad mesiánica. N. T. Wright desarrolló posteriormente una versión propia de este enfoque.
Pablo dentro del judaísmo: una lectura más radical
En las últimas décadas ha surgido una corriente todavía más audaz, conocida en inglés como Paul within Judaism, «Pablo dentro del judaísmo». Sus representantes —Mark Nanos, Pamela Eisenbaum, Paula Fredriksen, Magnus Zetterholm y otros— sostienen que Pablo siguió siendo un judío observante durante toda su vida y que nunca enseñó a los judíos a abandonar la Torá.
Según esta lectura, todas las afirmaciones de Pablo sobre la Ley deben leerse como dirigidas a gentiles. Para los judíos, la Torá seguía vigente; para los gentiles que se unían al Dios de Israel, la vía era otra, sin circuncisión, pero con abandono de la idolatría y una conducta moral conforme a la voluntad de Dios. Paula Fredriksen, en su libro Paul: The Pagans’ Apostle (2017), subraya que el gran enemigo de Pablo no es la Ley judía, sino la idolatría pagana.
Esta corriente se apoya en datos como el de Hechos 21, donde Pablo se purifica en el Templo y paga los gastos de un voto de nazareato para demostrar que «él también anda ordenadamente, guardando la Ley» (21:24), o en su declaración ante el Sanedrín: «Yo soy fariseo» (23:6). No todos los especialistas aceptan estas conclusiones, y el debate sigue vivo, pero ha obligado a abandonar la imagen simplista de un Pablo antijudío.
Romanos 9-11: el olivo y las ramas
Si hay un texto que muestra la relación de Pablo con su pueblo, es Romanos 9-11. Pablo empieza expresando un dolor profundo por los judíos que no creen en Jesús: desearía ser él mismo separado del Mesías por amor a sus hermanos, «mis parientes según la carne, que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la Ley, el culto y las promesas» (Romanos 9:3-4).
En el capítulo 11, Pablo utiliza la imagen del olivo. Israel es el olivo cultivado, cuya raíz son los patriarcas. Los gentiles son ramas de olivo silvestre injertadas en él. Y Pablo advierte a los gentiles: «no te jactes contra las ramas… no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti» (11:18). La salvación de los gentiles depende de la raíz judía, no al revés. El capítulo culmina con dos afirmaciones decisivas: «todo Israel será salvo» (11:26) y «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (11:29).
Es difícil leer estos capítulos y sostener que Pablo pensaba que Dios había rechazado a Israel. La ironía histórica es que la teología cristiana posterior hizo exactamente aquello contra lo que Pablo advertía: las ramas injertadas se jactaron contra las ramas naturales. Lo analizamos en el artículo sobre el origen de la teología del reemplazo. La propia Iglesia católica tituló su documento de 2015 sobre las relaciones con el judaísmo con la frase de Romanos 11:29: «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables».
Las cartas de Pablo, los textos cristianos más antiguos
Siete cartas atribuidas a Pablo son consideradas auténticas por casi todos los especialistas: 1 Tesalonicenses, Gálatas, 1 y 2 Corintios, Filipenses, Filemón y Romanos. Fueron escritas aproximadamente entre los años 50 y 58, antes de cualquiera de los evangelios. Las demás —Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses y las cartas pastorales a Timoteo y Tito— se consideran en mayor o menor medida obras de discípulos posteriores, aunque algunos especialistas defienden la autenticidad de alguna de ellas.
Esto convierte a Pablo en el testigo más antiguo del movimiento de Jesús. Y su testimonio, curiosamente, apenas habla de la vida de Jesús. Menciona que nació «de mujer, nacido bajo la Ley» (Gálatas 4:4), que era descendiente de David (Romanos 1:3), que tuvo hermanos, entre ellos Santiago, que celebró una cena la noche en que fue entregado y que fue crucificado. Su relato de esa cena (1 Corintios 11:23-26) es el más antiguo que conservamos, y su contexto pascual lo explicamos en la Última Cena y el séder de Pésaj.
Pablo conserva además una palabra aramea en sus cartas: Abba, «Padre» (Gálatas 4:6; Romanos 8:15), en una comunidad de habla griega. Es un pequeño fósil lingüístico que muestra cómo la oración aramea de Jesús llegó incluso a las comunidades gentiles, como explicamos en el significado de Abba en arameo. Otro es Maranatha, «Señor nuestro, ven» (1 Corintios 16:22), recogida en las palabras arameas del Nuevo Testamento.
Cómo se fabricó el Pablo antijudío
Si el Pablo histórico era un judío que nunca renegó de su pueblo, ¿cómo se convirtió en el supuesto fundador de una religión opuesta al judaísmo? La respuesta está en la recepción de sus cartas.
El primer paso decisivo lo dio Marción de Sinope, un rico armador que hacia el año 140 llegó a Roma con una propuesta radical: el Dios del Antiguo Testamento era un dios inferior, justo pero cruel, distinto del Dios bueno revelado por Jesús. Marción rechazó por completo las Escrituras judías y elaboró el primer canon cristiano conocido, formado por una versión recortada del Evangelio de Lucas y diez cartas de Pablo, de las que eliminó los pasajes que le parecían demasiado judíos. Para Marción, Pablo era el único apóstol que había entendido a Jesús.
La Iglesia de Roma excomulgó a Marción hacia el año 144 y defendió que el Antiguo Testamento formaba parte de la Escritura cristiana. Pero la idea de un Pablo enfrentado al judaísmo ya se había instalado. A ello se sumaron las lecturas posteriores de los Padres de la Iglesia y, siglos más tarde, la interpretación de la Reforma, que proyectó sobre los «judaizantes» de Gálatas las disputas con la Iglesia católica de su tiempo. El resultado fue un Pablo leído casi exclusivamente en clave antijudía.
Los ebionitas, en cambio, rechazaban a Pablo por la razón opuesta: lo consideraban un apóstata de la Ley, como explicamos en el artículo sobre ebionitas y nazarenos. Curiosamente, tanto Marción como los ebionitas compartían una misma lectura de Pablo: la de un apóstol que había roto con el judaísmo. La investigación moderna sugiere que ambos se equivocaban.
Pablo y la helenización del cristianismo
¿Fue entonces Pablo responsable de la helenización del cristianismo? La respuesta más justa es matizada. Pablo escribió en griego, para comunidades griegas, utilizando a veces conceptos del mundo grecorromano, como la imagen del cuerpo social o el lenguaje de la conciencia. Su decisión de no exigir la circuncisión a los gentiles hizo posible que el movimiento creciera rápidamente fuera de los límites del pueblo judío, y con ello aceleró el cambio demográfico que transformaría la identidad del movimiento.
Pero Pablo no pensaba con las categorías filosóficas que dominarían los siglos siguientes. No habla de naturaleza, sustancia o persona, el vocabulario de los grandes concilios que estudiamos en el artículo sobre el Concilio de Nicea. Su pensamiento es apocalíptico, centrado en la resurrección, el juicio, el Mesías y la restauración de Israel. Es un pensamiento judío del Segundo Templo, aunque expresado en griego. La helenización filosófica posterior, que vemos en la interpretación del Logos de Juan 1:1, no procede directamente de Pablo, sino de la manera en que generaciones posteriores leyeron sus cartas.
La muerte de Pablo en Roma
Hechos termina con Pablo prisionero en Roma, predicando con libertad durante dos años, sin narrar su muerte. La tradición más antigua, recogida en la Primera carta de Clemente hacia el año 96, menciona que Pablo dio testimonio ante los gobernantes y alcanzó el martirio. Tradiciones posteriores sitúan su ejecución por decapitación en Roma, bajo Nerón, hacia el año 64-67, en la misma persecución en la que murió Pedro.
Así, tanto Pablo como Santiago murieron poco antes de la gran catástrofe del año 70, que cambiaría para siempre el rostro del movimiento de Jesús. Ninguno de los dos llegó a ver la destrucción del Templo, que tanto Santiago como Pablo, según Hechos, siguieron frecuentando hasta el final.
Una lectura para profundizar en Pablo y el judaísmo
Entender a Pablo exige entender primero el judaísmo del que procedía, y esa es la misma base que necesitamos para entender a Jesús. En esta línea, el libro El judaísmo de Jesús, de Mario Sabán, ofrece una lectura de la tradición judía desde la que se comprenden mejor tanto la enseñanza de Jesús como los debates que, una generación después, ocuparon a Pablo en sus cartas.
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Preguntas frecuentes sobre Pablo de Tarso
¿Pablo de Tarso era judío?
Sí. Pablo se presenta en sus cartas como israelita, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos y fariseo en cuanto a la Ley (Filipenses 3:5; Romanos 11:1). Nunca habla de su identidad judía como algo que hubiera abandonado.
¿Pablo fundó el cristianismo?
Es una simplificación. Pablo fue el principal misionero entre los gentiles y sus cartas fueron decisivas, pero el movimiento de Jesús existía antes que él, con centro en Jerusalén. Muchos especialistas consideran que la separación entre cristianismo y judaísmo fue obra de generaciones posteriores.
¿Qué es la Nueva Perspectiva sobre Pablo?
Es una corriente de investigación iniciada por E. P. Sanders (1977) y bautizada por James Dunn (1982), según la cual el judaísmo del siglo I no era una religión de méritos, y la crítica de Pablo a las «obras de la Ley» se refiere a las marcas de identidad judía impuestas a los gentiles, no al judaísmo en sí.
¿Pablo enseñó que los judíos debían dejar la Torá?
La corriente «Pablo dentro del judaísmo» sostiene que no: sus críticas a la Ley se dirigían a los gentiles que querían circuncidarse. Pablo aconseja que cada uno permanezca en la condición en que fue llamado (1 Corintios 7:17-20) y, según Hechos, siguió observando prácticas judías.
¿Cuáles son las cartas auténticas de Pablo?
Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Filipenses, 1 Tesalonicenses y Filemón. Escritas entre los años 50 y 58 aproximadamente, son los documentos cristianos más antiguos que se conservan.
Conclusión: devolver a Pablo a su casa
Pablo de Tarso fue un fariseo de la diáspora que creyó que el Mesías de Israel había resucitado y que había llegado el tiempo en que las naciones se unirían al Dios de Abraham. Luchó para que los gentiles pudieran entrar sin dejar de ser gentiles, pero nunca pidió a su pueblo que dejara de ser lo que era. Su imagen como fundador de una religión antijudía es, en gran medida, obra de lectores posteriores, desde Marción hasta la teología moderna. Devolverlo a su contexto judío no es solo una corrección histórica sobre Pablo: es también una pieza clave para recuperar al Jesús judío que él anunció.
Te recomendamos continuar con el Logos de Juan 1:1, donde vemos cómo la reflexión sobre Jesús empezó a usar categorías griegas, y volver al pilar sobre la helenización del cristianismo primitivo.
Fuentes y lecturas
- Pablo, Cartas a los Gálatas, Romanos (9-11), Filipenses (3) y 1 Corintios.
- Hechos de los Apóstoles 9, 21-23.
- Krister Stendahl, «The Apostle Paul and the Introspective Conscience of the West» (1963).
- E. P. Sanders, Paul and Palestinian Judaism (1977).
- James D. G. Dunn, The New Perspective on Paul.
- Paula Fredriksen, Paul: The Pagans’ Apostle (2017).
- Pamela Eisenbaum, Paul Was Not a Christian (2009).